Hacia una Nueva Cuba

Colaboración de Ricardo E. Trelles

junio/93, mayo/94

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Nuestra nación ha recorrido un infortunado camino que no cesa de enzarzarla en un degradante estado, con posibilidades de recuperación que se vislumbran crecientemente tortuosas y lentas. Todos hemos padecido, continuamos y podríamos seguir padeciendo por mucho tiempo, víctimas de ese proceso. Aun más triste que el descenso prematuro y cruel por tantos sufrido, es la muerte parcial del resto de los cubanos, al vernos severamente limitados en el desarrollo de nuestro potencial humano.

Esta es una interpretación humilde pero sustancial de nuestra situación, con sugerencias sobre cómo trabajar para cambiarla.

Un requerimiento para sacudirnos pronto del aparato de poder que asfixia nuestro país, y –tan o más importante– llevar a éste por un camino de progreso y bienestar, es la definición de un proyecto social claro, de méritos sustanciales, que nos estimule a todos a marchar y que guíe nuestros pasos. La falta de un proyecto así, o de su difusión si es que existe, nos ha restado efectividad en nuestras acciones en favor de Cuba.

Un proyecto social es un proyecto porque está sujeto a revisiones siempre que se respete su espíritu esencial, y porque describe objetivos que deben ser materializados progresiva e inteligentemente, como se construye un edificio. Un proyecto social es social tanto porque se refiere a todo el contexto social, como porque requiere la participación efectiva en su definición y ejecución de una mayoría importante de los miembros de la sociedad a que está dirigido.


He aquí la visión de una nación que podríamos llegar a tener:

Una nación cuya razón primaria de existir sea el bienestar y desarrollo máximo, físico e intelectual, de todos sus ciudadanos. Donde, con el debido respeto a la autoridad de sus progenitores inicialmente, y al mismo individuo luego, cada criatura sería recibida con orgullo y responsabilidad social por su bienestar y desarrollo. Donde se evitaría la procreación irresponsable.

Una nación donde la actividad más importante: la mayor, la de mayores recursos, la más exigente con sus ejecutantes, sea la educación-instrucción. Una educación en la que no se perdería oportunidad para mostrar a los educandos las ventajas de amar y disfrutar la condición humana y la naturaleza, del cultivo de ideas propias mientras se respetan sinceramente las ajenas, de nunca aceptar una idea, política, moral, de consumo u otra, que fuera impuesta a la fuerza, por el carisma de una figura, por tradiciones sin fundamento o por publicidad. Una educación-instrucción que produciría una fuerza laboral responsable, laboriosa y calificada.

Una nación con total libertad para la comunicación de ideas, con la única limitante de no promover el uso de la fuerza para imponer esas ideas. Tratar de convencer, de todo; forzar, a nada. La cultura de sus ciudadanos sería tal que no habría que temer a los esfuerzos por difundir ideas de cualquier género, políticas, místicas u otras, aun las malintencionadas.

Una nación donde reine el civilismo, la razón y la cordialidad. Donde se repudiaría el uso de la fuerza, hasta cuando ésta estuviera avalada por fines nobles.

Una nación donde los gobernantes sean sólo extensiones de los ciudadanos. Las elecciones requerirían mayoría de votantes aptos. Habría procedimientos rutinarios para revocar gobernantes. La Constitución sería profunda y precisa, lo que debía conducir a una legislación y un sistema de justicia eficientes y socialmente constructivos. El sistema penal sería humano y presentaría al recluso una amplia escala de situaciones, de benigna a extremadamente dura, en la que él sería desplazado por su conducta y reincidencia. Los fondos para el funcionamiento del gobierno no tendrían ni orígenes ni destinos trucados; sino que se nutrirían básicamente de una pequeña proporción fija del fruto del trabajo de cada ciudadano y se emplearían de forma eficiente y diáfana.

Una nación cuyo primer principio de funcionamiento sea el respeto y el respaldo a la libertad de empresa; entendida ésta como el libre desarrollo de instituciones para generar riqueza, ya sea con ideas, bienes, servicios o arte. Donde se apreciaría y retribuiría debidamente tanto a empresarios como a asalariados. Donde el lucro en actividades fundamentales para el individuo, como la producción de alimentos básicos, la medicina, la educación, la vivienda y la asistencia legal, estaría regulado. Donde se evitaría que la primera motivación al generar bienes o servicios sea la obtención de ganacias; que se lucre a base de la simple regla de dar lo menos y cobrar lo más que sea tolerable; que se lucre por la producción planeada de desperdicios.

Una nación donde los bienes no generados, como la tierra, costas y recursos subterraneos, sean de exclusivo patrimonio nacional. Cuyos uso o explotación requerirían demostrar necesidad de su uso o capacidad para su explotación efectiva, y generarían ingresos proporcionales razonables al fisco nacional. Donde los servicios masivos, como los de la energía eléctrica y las comunicaciones, estarían seccionados racionalmente por especialidades y por zonas geográficas, para ser licitados periódicamente por proveedores privados.

Una nación de economía orientada hacia la exportación. Donde habría libre mercado de monedas extranjeras, en el que podrían sacar provecho los legítimos exportadores que hagan ingresar al país esas monedas; y al que tendría que recurrir todo aquel que deseara importar sin usar la moneda nacional. Donde las importaciones de medios de enseñanza, los culturales no suntuosos y los de producción estarían exentos de impuestos.


Es natural que dentro de la minoría social más capaz para los negocios y para organizar de forma productiva el trabajo ajeno, pueda haber individuos que se dejen arrastrar por instintos primarios que los hagan sentirse acreedores de una hegemonía social que realmente no les corresponde, con pretensiones de poder y riqueza que excedan lo que merecen por el valor de lo que a cambio dan a la sociedad. Esos individuos, junto con otras posibles lacras sociales, pueden llegar a ser hasta peligrosos al verse limitados en sus ambiciones y hay que estar preparados para enfrentarlos, pero su tratamiento tiene que y puede ser humano y civilizado.

Es innegable el derecho de las mayorías a coordinar sus capacidades para incrementarlas, y para lograr establecer que la riqueza se distribuya de forma justa entre los factores que hacen posible su creación. Es ley natural que los más capaces y los más esforzados tienen que recibir beneficios proporcionales a sus atributos. Es ley de la sociedad humana que la riqueza de un individuo es sana y duradera sólo si está acompañada de la riqueza y la atención a todo miembro de esa sociedad.

La instauración de principios sociales diferentes a los reinantes, en un país, nunca ocurrirá de forma sólida y duradera, o no ocurrirá en absoluto, si se trata de hacer mediante la imposición violenta, legislativa o propagandística. Los verdaderos cambios sociales requieren su comprensión de forma amplia en la población. Entonces no hay obstáculo insalvable ni espera ni surimiento innecesarios; porque la sola actuación modesta de cada uno, al ser consistente con la de los demás, produce efectos sociales arrolladores.

Elaboremos un concepto claro de cómo debe y puede ser una Nueva Cuba, basados en ideas como las antes expuestas o en otras aún mejores. Comencemos a poner en práctica esas ideas desde el exilio, aprovechando los recursos y la estabilidad con que aquí contamos. Comuniquemos a la población en la Isla las ideas que tenemos, los resultados que vamos obteniendo en su implementación, nuestra total disposición a prestar atención a toda opinión divergente seria y nuestra total resolución a la cordialidad y al entendimiento civilizado. Demostremos de forma resonante cuál es nuestra actitud; por ejemplo, comenzando a acumular abundante ayuda humanitaria y coordinando con instituciones internacionales estrictamente humanitarias para su distribución directa a la población en Cuba, tanto para cuando ocurriera un derrumbe del régimen como para si éste permitiera esa distribución (la poca probabilidad de esto último no debe impedirnos demostrar nuestras intenciones).

Hagamos que brille en las mentes de todos la idea de que tendremos una Cuba fabulosa; lograda, mantenida y desarrollada permanentemente, no por ningún grupo salvador, no por las promesas de nadie, sino por la pequeña acción cívica individual de algunos millones de cubanos.

Comencemos a hacer los esfuerzos que sean necesarios para activar y proveer, en favor de nuestra causa, con sus amplios objetivos, a ese ejército de la evolución y el mejoramiento humano que es la clase magisterial, de Cuba y del exilio. Su misión es voluminosa, lenta e imprescindible; por lo que no puede esperar.

PONGAMOS EN MARCHA EL GRAN EJERCICIO CÍVICO Y DEMOCRÁTICO DE LUCHAR PACIFICAMENTE PERO CON FIRMEZA POR LA INSTAURACIÓN DE UNA LEGÍTIMA ASAMBLEA NACIONAL REPRESENTATIVA PROVISIONAL EN CUBA, DONDE CADA PARTICIPANTE ESTÉ AUTORIZADO POR, DIGAMOS, DIEZ MIL CUBANOS.

Si hacemos todo lo anterior, que no es tanto, convertimos a Castro y su régimen en polvo, como momias expuestas a la luz del sol. Y, más importante aún, habremos puesto en marcha el movimiento social único capaz de traernos, mediante años de trabajo, una Nueva Cuba que nos llene de bienestar y orgullo.


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