Dudan del hombre para fundamentar misticismo

Respuesta a artículo insertado en varios newsgroups el 8 de mayo del 1997. Artículo íntegro al final.

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Estimado ARBIL:

> ... y escapa a la pura
> reflexión racional porque el hombre no es sólo un problema, sino que es un
> problema porque es, ante todo, un misterio. Ahora bien; el misterio, frente
> al mito –que es lo legendario y fabuloso, porque no existe–, es 
> aquello que existe pero que se halla oculto e invisible, porque la razón no 
> tiene > capacidad bastante para captarlo, o para captarlo con la claridad
> necesaria.
> De aquí que el problema-misterio del hombre –y por tanto, el misterio 
> de su > vida– sólo pueda resolverse alzándose al nivel teológico...

El hombre no es un "misterio" –en el sentido que usted(es) lo define(n)– y mucho menos un problema.

Por lo que si ése es el fundamento o justificación de su subsiguiente desfile de latinajos, aseveraciones y citas igualmente infundadas, éste no parece siquiera merecer los malabarismos intelectuales que requieren su lectura.

El hombre evidentemente es capaz de conocer y comprender progresivamente el mundo de que es parte. Ejemplos al azar de ello son los hechos de que vivimos hasta la edad promedio que ya hemos logrado y de que nos estemos comunicando por este maravilloso medio.

Sabemos cómo (y progresivamente mejor) educar y entrenar a un niño para que aprecie plenamente su condición humana y la del resto de los individuos en su especie, para desarrollarle sus enormes capacidades fisicas e intelectuales, y sus instintos y capacidades afectivos y cooperativos para con el prójimo.

Sabemos cómo (y progresivamente mejor) organizarnos en sociedades y naciones para el bien y el progreso, sano y permanente, de todos.

Sabemos cómo (y progresivamente mejor) investigar y conocer más de la realidad circundante y de nosotros mismos; para usar, disfrutar y cuidar mejor la maravillosa naturaleza que ha evolucionado y evoluciona con nosotros, y a nosotros mismos.

Lo único que todavía nos impide ser plenamente felices y dejar de sufrir y hacer daños, como injustificadamente hacemos, es que estamos todavía en una etapa temprana de la difusión de ideas claras y constructivas, y de su aplicación, como en un mejor y más extenso uso de la educación. Para que el hombre progresivamente use más y mejor sus maravillosos potenciales y, de paso, se desprenda de tradiciones que lo manipulan, someten y limitan.

Para quienes han nacido y se han formado en, y hasta deben sus carreras profesionales a, las ideas e instituciones de manipulación mística, es un difícil ejercicio entender el valor pleno y real del hombre y las formas efectivas de servirlo. Pero el buen sentido, la inteligencia y la nobleza de ellos se impondrá, con la irresistible fuerza de la realidad, y progresivamente los tendremos contribuyendo sus importantes capacidades al bien efectivo de la humanidad.

MHEC publicará en su sitio de la Web el escrito íntegro motivo de estas reflexiones, incluyendo sus direcciones, conjuntamente con las reflexiones. Lo(s) invitamos a que haga(n) lo mismo en el sitio suyo.

Saludos,
Ricardo E. Trelles
MHEC

Respuesta a

From: "arbil" 
Newsgroups: ..., soc.culture.cuba
Subject: ¿QUE ES EL HOMBRE?
Date: 8 May 97 22:29:18 GMT
Organization: arbil

El Salmo 8, en su versículo 5, se pregunta: "¿qué es el hombre?". la
Constitución pastoral _Gaudiam et Spes_, en sus números 10 y 12, repite la
misma pregunta.

Alexis Carrel, en la incógnita del hambre, ha escrito que "es necesario que
los hombres mediten acerca del hombre". Pero cuando Max Scheller, en "El
saber y la cultura", comienza la meditación, afirma que del hombre tenemos
un conocimiento tan defectuoso que, cuando con la filosofía en las manos,
nos hacemos la pregunta, la vacilación se impone, siendo necesario
contestar que se trata de un verdadero problema. En este sentido, Maritain,
en su "Humanismo integral", estudia el problema del hombre.

La pregunta no tiene una contestación filosófica, pues escape, como ha
escrito Karl Rahner, a la pura reflexión racional; y escapa a la pura
reflexión racional porque el hombre no es sólo un problema, sino que es un
problema porque es, ante todo, un misterio. Ahora bien; el misterio, frente
al mito –que es lo legendario y fabuloso, porque no existe–, es 
aquello que existe pero que se halla oculto e invisible, porque la razón no 
tiene capacidad bastante para captarlo, o para captarlo con la claridad
necesaria.

De aquí que el problema-misterio del hombre –y por tanto, el misterio de su
vida –sólo pueda resolverse alzándose al nivel teológico, para examinarlo
bajo el cono de luz de la _lux vera_ de que habla el Apóstol San Juan, del
_lumen Dei_, que por la revelación se hace _lumen fidei_, y que, como el
propio Evangelista asegura, _illuminat omnen haminem venientem in hunc 
mundo_ (1,9).

En esta línea orientadora hay que rechazar las respuestas inexactas o
simplistas con relación al hombre: máquina autopropulsada, bípedo implume,
ser racional, animal político, y atenerse a aquélla que le define como
espíritu inmortal encarnado. Este espíritu inmortal encarnado se interroga
a sí mismo y se demanda: ¿quién soy yo?, ¿cuál es mi destino?, 
¿cómo me debo comportar?

El hombre así definido es una criatura que, por una parte, se integra en la
creación visible, y por otra, se distancia de ella. Su carne está sometida
al proceso biodegradante del orden natural, pero su aliento de vida lo
trasciende, eternizándolo.

El aliento de vida –_spiraculum vitae_, le llama el Génesis– como 
_semen aeternitatis_, es una creación directa –_creatur a Deo ex nihilo_–
que se une a la carne vivificándola. Esta unión, aunque de forma imperfecta y
lejana, recuerda la unión en Cristo de su divinidad y de su humanidad. Si
Cristo, en el que se da la unión ontológica, o por hipóstasis, de las dos
naturalezas, la divina y la humana, es, sin embargo, una sola persona y una
persona divina, el hombre, cada hombre, en el que se unen también
ontológicamente la carne y el aliento vital, es, de manera análoga, un solo
ser, una solo persona.

Conviene resaltar y subrayar, sin embargo, que el aliento vital de cada
hombre –principio de vida– no proviene de la generación. los 
padres sólo en sentido figurado nos dan la vida, toda vez que ellos no la 
crean –_non generatur a parentibus_–. Los padres se limitan, 
por así decirlo, a ofrecer la estructura que el aliento vital anima y que 
es creado directamente y _ex nihilo_ para cada hombre. De aquí que, como 
decía Seneca, el hombre pueda considerarse como "res sacra".

Partiendo de la postura dualista, es decir, de la conjunción en la persona
única de cada hombre, del cuerpo y del alma, caben dos posturas: la que
entiende que tal conjunción es accidental, como la del caballo y el jinete,
y la que asegura que tal conjunción es esencial, pues el alma no está
adosada o yuxtapuesta al cuerpo, sino toda en todo él, impregnándolo y
vitalizándolo de un modo penetrativo, a la manera del agua en la esponja o
la electricidad al cable que la conduce.

Para los accidentalistas, la muerte de la carne es un hecho biológico, y
siendo tangencial la unión entre la carne y el alma, mientras el alma
continúa existiendo después de la muerte, escapando de su prisión, el
cuerpo se hace para siempre ceniza.

Desde la postura esencialista –que es la nuestra, porque es la revelada–,
la muerte en el hombre no es un simple hecho biológico, sino el _salario
del pecado" (Rom. 6,23), es decir, un castigo de la desobediencia que se
impuso al insurgente que hizo causa común con el _non serviam_ de Satanás.
De aquí el rechazo instintivo de la muerte; una muerte que contradice, por
un lado, la inmortalidad del soplo divino animador del cuerpo, y por otro,
la vivencia inmanente de una carne que gozó preternaturalmente, y antes del
peado, de la inmortalidad.

No fue Dios el que introdujo la muerte, sino el seductor y padre de la
mentira. la _imago Dei_ de lo que se llama _status naturae integrae_ quedó
desdibujada y convertida en el _status naturae lapsae_, en _imago se
ipsum_, o mejor aún, en imagen de esa misma naturaleza, que se apoderó del
hombre, al renunciar por el pecado a los dones preternaturales, y le
sometió a su propio proceso degenerativo y biodegradante del
envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Por otro lado, perdida la
claridad de _image Dei_, la Creación, al no encontrarla nítida en el
hombre, contesta su soberanía. Todo el espectáculo, a veces dantesco, de
los cataclismos que afligen a la humanidad, ponen de relieve el estado de
insumisión y rebeldía de lo creado frente al que fue creado como rey de la
Creación.

Lo que ocurre es que la plenitud de la _image Dei_ ha sido recuperada por
el hombre divinizado en Cristo. En El, por El y con El, el hombre, por la
resurrección, vuelve a inmortalizar su carne. Pilatos, sin adivinar su
alcance, al mostrar a Cristo al pueblo –y al género humano– y 
proclamar _Ecce homo_ (Juan, 19,5), _he aquí al hombre_, nos ofreció a Aquel 
del que se dijo _resurrexit sicut dixit_ (Mat. 28,ó). Aquella resurrección 
corporal garantiza que el cuerpo que muere y se corrompe se recobrará 
incorruptible, y que a la muerte se la podrá desafiar gritando: _dónde está, 
oh muerte, tu aguijón_ (1 Cor., 15,55).

La relación, pues, entre el cuerpo y el espíritu, según nos enseña _la
visión cristiana del hombre_, de que hablaba Juan Pablo II, en Viena, en
septiembre de 1983, queda definida cronológicamente así: alma inmortal, por
ser soplo divina de vida, y cuerpo inmortalizado por un don preternatural,
en la etapa del paraíso y de la gracia precristiana; alma inmortal y cuerpo
que muere, pero que espera su resurrección y reunión con el alma que le
vivificó, cuando el tiempo termine, embebido por la eternidad, y se
produzca la restauración integral de la persona, que es el hombre creado
incorruptible.
 
El alma separada del cuerpo subsiste, pero subsiste en una situación que
podríamos calificar de _contra natura_, porque está ordenada a un cuerpo
determinado y lo reclama para allá, al objeto de perfeccionar la persona
que con él constituye. la resurrección del cuerpo, podríamos decir con
Santo Tomás, es una reivindicación del alma, a la que Dios accede,
incorporando la muerte de cada hombre a la muerte y resurrección del Hombre
que fue y sigue siendo su Hijo.

La concepción dual y esencial del hombre-yo, es decir, persona, nos lleva a
contemplar los dos tipos de vida -o las dos vidas, como dice San Agustín–
que en él concurren: una, que transcurre durante un tiempo de peregrinación
(_in itinere_) y otra, en una eternidad de permanencia.

Estos dos tipos de vida, o dos vidas, suponen dos nacimientos y dos
muertes. El nacimiento según la carne se realiza mediante la concepción y
el parto. El nacimiento a la vida divina, mediante el bautismo. A este
nacimiento dual se refiere Cristo cuando dice: _quien no naciere de nuevo
por el agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el Reino de Dios_ (Jn.
3,3-5). Pero, a su vez, ambos tipos de vida llevan consigo dos tipos de
muerte: el fallecimiento, según la carne, que es privación de vida y
existencia para la carne, y la condenación, muerte verdadera o segunda
muerte, como se la llama en el Apocalipsis (20,14 y 21,8), que no supone
privación de la existencia, que continúa eternamente, sino de la vida
verdadera del hombre, que es el Amor divino o la visión de Dios, como dice
San Ireneo, de la que aquella existencia, primero del alma y más tarde en
el cuerpo resucitado e inmortalizado, se ha hecho indigna si el
fallecimiento tuvo lugar privado de allá, es decir, no en estado de gracia,
sino de desgracia o pecado. la existencia eterna del condenado no es,
lógicamente, una existencia mineral, sino una vida sin vida, de la que
ofrece un ejemplo aproximativo la de quien, amargado y desesperado en esta
vida terrenal, se dice a sí mismo: _esto no es vivir_.

Esta consideración es decisiva para examinar con rigor el derecho a vivir,
que, ciertamente, no se confunde con el derecho a la vida, porque
literalmente nadie tiene un derecho que le permita desde su nada demandar a
Dios para que se la otorgue. la vida no es una exigencia, sino un don, que
se recibe con entera gratuidad. De ese don arranca el derecho a vivir,
porque es un don que es precise conservar, cuidar, mejorar –mejora de la
calidad de vida– y comunicar, pero que también, como todo derecho, es
limitado y no absoluto, y conlleva deberes. Por eso es un talento del que
hay que dar cuenta al terminar la peregrinación en la tierra, al fallecer
la carne, y que es preciso negociar, y a veces negociarlo enteramente y
sacrificarlo _in itinere_, como vida en el tiempo, en aras de la eternidad,
es decir, de la Vida-Amor, y de la defensa de aquellos valores que la _lux
vera_ estima superiores a la vida del cuerpo. Lucas (12,5) y Mateo (10,28)
lo proclaman bien claro: No temas a los que matan el cuerpo y no pueden
matar el alma. Habéis de temer a quienes, luego de mataros o sin mataros,
os pueden quitar la vida verdadera al arrojaros en el infierno.

De aquí que la contemplación del derecho a vivir, en todas sus
manifestaciones, requiera una subordinación jerárquica de las dos vidas, de
tal modo que la de la carne quede subordinada a la del espíritu, que no es
otra que una participación de la vida divina –la gracia– que se 
hace gloria en la eternidad. Esta participación de vida divina tiene lugar 
por medio de Cristo. En Cristo habita la plenitud de esa vida (Col. 2,9~. 
Yo soy la Vida, dice Cristo (Jn. 11,25 y 14,ó), y Cristo nos da la vida 
eterna (Jn. 10,27), y de tal forma que San Pablo puede exclamar que tiene 
la vida (I Jn. 5,12) porque Cristo vive en él (Gal. 2,20).

Con estas pautas orientadoras, el derecho a vivir no puede independizarse
del quehacer político. Si la política, por una parte, descansa en unos
principios éticos, y por otra, se ordena al hombre, una política sin moral
y deshumanizada tiene que lesionar de un modo grave el derecho a vivir. El
saqueo secularizante del poder político, como escribía el Cardenal Pie, la
peste del laicismo, como decía Pío XI, el divorcio de la religión y de la
política, que estudió Balmes, el rechazo del cristianismo como Verdad
política, del que hablara Castelar, la expulsión de Cristo de la vida
pública, que denunció Pío XII, y que han sido la causa del paganismo
corrompido y corruptor de la vida moderna, han traído como resultado un
ordenamiento jurídico, y lo que es peor, un cambio de conciencia individual
y de hábitos sociales que conturba el derecho a vivir. la situación actual
puede considerarse como delictiva. Si, como apuntaba Sócrates, el que
pudiendo impedir un crimen no lo evita, en realidad lo comete, ¿cómo no
había de imputarse el crimen a quienes no sólo no lo evitan, sino que lo
estimulan al legalizarlo?

No hay exculpación posible desde el punto de vista moral para los
responsables de la legalización de los atentados de uno u otro género que
hoy se cometen contra la vida. No cabe el argumento liberal de someterse a
lo que ha decidido la mayoría, porque esa mayoría es de hombres, y antes
que a los hombres hay que obedecer a Dios (Hech. 5,29), y en todo lo que se
refiere a la vida, que es un don divina directo, la obediencia ha de ser
más rigurosa y exacta. No cabe tampoco el argumento de la técnica, porque
la técnica puede utilizarse para el bien o para el mal, y la técnica que
rompe la ley de Dios sobre la vida del hombre, no sólo se rebela contra
Dios, sino que rebaja y esclaviza al hombre al ponerle al servicio de la
técnica. Es curioso que a la protesta contra la explotación del hombre por
el hombre y del hombre por el Estado, no haya sucedido la protesta contra
la explotación del hombre por los técnicos.

Se impone, pues, desde el punto de vista cristiano, una primera actitud de
denuncia, y jamás de colaboración con aquéllos que desconocen el derecho a
vivir, y una segunda de campaña orientadora y operativa, que se proponga un
ordenamiento jurídico y unos hábitos personales y sociales en consonancia
con la ley divina y con el derecho natural.

No cabe en un cristiano, y por ello en políticos cristianos, un
comportamiento neutral, complaciente o cómplice en esta materia. la
dignidad del hombre, que tanto se pregona, así lo exige, y el pluralismo
que se alega no puede aceptarse en lo sustancial.

En el libro que os presento he asumido las dos actitudes apuntadas:
denuncia y orientación operativa, enfocando la temática diversa y
apasionante del derecho a vivir con una perspectiva cristiana . Desde la
anticoncepción, que al impedir la unión de los gametos y, por tanto, que
aparezca la estructura que animaría el aliento vital divina, no sólo niega
la vida al ser humana que podría ser concebido, sino que se opone a la
voluntad creadora de Dios, hasta la eutanasia, que, con el pretexto del
derecho a una muerte decorosa, dispone arbitrariamente y sin escrúpulos de
la vida humana.

Como sabéis, el ordenamiento jurìdico subsiguiente a la transición política
ha legalizado la libre venta de preservativos que se anuncian incluso en la
TV, y está a punto de legalizar la eutanasia.

En este cuadro también se examinan en el libro los dos contrapuntos que
suponen el aborto y la fecundación _in vitro_. Con el primero se destruye
la vida comenzada y en gestación. Con el segundo se fabrican los hijos
artificialmente. Con el aborto se elimina al hijo, al que se asesina sin
defensa posible en el seno de la madre. Con la fecundación _in vitro_ se
busca al hijo argumentando que la pareja tiene derecho a tenerlo, pero con
olvido de que, aun en el caso de matrimonio, los cónyuges tienen derecho a
la _unitas carnis_, pero no al hijo prescindiendo de ella, y que es el
hijo, por su dignidad de hombre, el que tiene derecho a ser concebido
naturalmente en la intimidad del amor de los esposos y no artificialmente,
en los ensayos de un laboratorio genético.

Como sabéis, el ordenamiento jurídico subsiguiente a la transición política
ha legalizado el aborto, y tiene en marcha un proyecto de ley –que cuenta
con el consenso de todos los partidos, al menos en lo esencial–de _técnicas
de reproducción asistida>>, que se considera como el más permisivo de
Europa.

Se estudian, igualmente, en el libro, y dentro de la subordinación
jerarquizada de la vida según la carne a la vida según el espíritu, la
esterilización, el suicidio, la huelga de hambre y el duelo, así como lo
que pudiera parecer, a primera vista, una contradicción al derecho a vivir.
Me refiero al sacrificio de la vida temporal que se da, por ejemplo, en el
caso del martirio, por la fe; de la pena de muerte, necesaria como
protección de la vida de los inocentes contra los malvados, en situaciones
límite, y de la convivencia pacífica en sociedad; de la legítima defensa y
de la guerra justa contra quien –persona o nación– puede ser 
calificado de agresor injusto.

El libro no pretende sólo impartir doctrina, sino movilizar voluntades. Hay
un propósito decidido de cambiar a los españoles, mediante un lavado de
cerebro y de conciencia, y a España, mediante una operación que la
avergüence de su hechura y que la haga dimitir como sujeto histórico.

Quienes nos hemos dada cuenta de la maniobra, no podemos ser testigos
silenciosos de ello, ni tampoco espectadores que silban la representación.
Tenemos, en conciencia, como cristianos y españoles, la obligación de
ponernos en pie y organizar, no sólo la resistencia, sino la ofensiva.
Nuestro porvenir arranca del presente dramático de esta época sin entrañas,
_época de anarquía religiosa y de confusión política y por ello –como
escribía Fulton Sheen– , licenciosa_.

ARBIL 
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