Entre la historia y la pared

Por Arnaldo Yero

Diciembre 2006

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Los ideólogos de la revolución defienden a ultranza el mito de la lucha armada como única vía efectiva de cambio social en Cuba a través de la historia, a pesar de la evidencia empírica en su contra, de ahí que para ellos sea anatema que se cuestionen los métodos empleados por los separatistas del siglo XIX, o que se revalúe el papel jugado por las otras corrientes políticas de aquella época.

Cuestionar lo anterior es necesario porque el ethos revolucionario que llevó al estado de cosas actual, como expresa un trabajo anterior titulado El paradigma revolucionario como distorsión histórica, está estructurado alrededor de la épica de las gestas libertarias contra España y de sus figuras más exaltadas, y Fidel Castro manipula dicha condición para legitimar su régimen.

De modo que si Castro utiliza el culto a los héroes del pasado para justificar la falta de libertad en nuestro país, y sus ideólogos se escudan en el determinismo historicista para perpetuar un paradigma político que impide el progreso racional de nuestra sociedad mediante normas civilizadas, a los cubanos no nos queda más remedio que revisar nuestra historia, para refutar a los demagogos que la distorsionan y propiciar un cambio de mentalidad en el país que nos permita la evolución normal hacia la libertad y el desarrollo.

Una revisión tal, para lograr su propósito positivo, no debe sin embargo ser un intento simplista de "enmendarle la plana" a los hechos, ni un ataque caprichoso contra ningún prócer o ninguna corriente política en particular, sino la búsqueda de una evaluación más equilibrada de lo ocurrido, para sacar las conclusiones correctas de la experiencia histórica, evitar los errores del pasado y construir un presente mejor.

La batalla de ideas que no quiere Castro

Al explicar las similitudes entre las revoluciones científicas y las políticas, Thomas S. Khun afirma en su obra La estructura de las revoluciones científicas, que las últimas comienzan "por un creciente sentimiento, con frecuencia limitado al segmento de la comunidad política, de que las instituciones existentes han cesado de responder a los problemas presentados por un ambiente que en parte ellas mismas han creado".

A medida que la crisis se profundiza, según explica Khun, muchos de aquellos que en un principio se sintieron enajenados de la política como resultado de la crisis de las instituciones imperantes, se comprometen con alguna propuesta concreta para la reconstrucción de la sociedad dentro de un nuevo marco institucional. En ese punto, "la sociedad está dividida en partidos o campos que compiten entre sí, uno que busca defender la vieja constelación institucional, y otros que buscan instituir otra nueva".

Lo descrito por Khun es precisamente la batalla de ideas que debería estar teniendo lugar en Cuba en todas las instancias del gobierno y en el seno de la sociedad civil, dado que las instituciones establecidas por la revolución no responden "a los problemas presentados por un ambiente que en parte ellas mismas han creado". Sólo que Castro ha convertido dicha lid en una batalla contra las ideas al encarcelar y hostigar a sus opositores pacíficos, porque como dice el autor: "La decisión de rechazar un paradigma es siempre simultáneamente la decisión de aceptar otro, y el juicio que lleva a esa decisión envuelve la comparación de ambos paradigmas con la naturaleza y entre uno y otro", y a su régimen totalitario no le queda otra alternativa que imponer sus ideas políticas y económicas por la fuerza, porque ya han sido derrotadas en la práctica no solamente en Cuba, sino en todo el mundo.

Las falacias de la 'historia oficial'

Esta negativa a modificar posiciones obsoletas obedece a la férrea voluntad de Castro y sus seguidores de mantener el poder a toda costa, de ahí que, al no tener la posibilidad de legitimarse en unas elecciones plurales, verdaderamente libres, donde el pueblo pueda escoger de entre diversas alternativas políticas aquella que considere más justa y conveniente para el país, a la tiranía constitucional cubana no le quede otra alternativa que buscar una falsa legitimidad bajo el manto protector de una versión de la Historia de Cuba que no resiste un análisis objetivo y desapasionado de los hechos.

Analicemos pues algunas de las falacias de la versión historicista oficial plasmada en el discurso por el centenario del Grito de Yara, pronunciado el 10 de octubre de 1968. Dicho discurso es paradigmático, porque el mismo Castro se apropió no ya de las libertades y los derechos de los cubanos, sino de la historia misma del país.

Falacia sobre la revolución 'centenaria' y su 'unidad' de propósitos

"¿Qué significa para los revolucionarios de nuestra patria esta gloriosa fecha? Significa sencillamente el comienzo de cien años de lucha, el comienzo de la revolución en Cuba, porque en Cuba sólo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes".

Así, en apenas un párrafo, Castro homogeniza cuatro procesos diferentes, se arroga el papel de intérprete absoluto del "destino histórico" de la nación y por inferencia se declara continuador de Céspedes, Agramonte, Martí, Guiteras, Echeverría, por citar a los hombres más emblemáticos de las gestas de 1968, 1895, 1933 y de la lucha contra Batista.

Castro, sin embargo, no aborda algunas realidades que no encajan con su tesis y que hasta cierto punto han sido soslayadas por la historiografía tradicional, como por ejemplo el hecho de que uno de los objetivos iniciales de la Guerra de 1868 fue la anexión con Estados Unidos, y que a dicho efecto la Cámara de Representantes del gobierno de la República en Armas pidió el 29 de abril de 1869 la anexión de Cuba al gobierno norteamericano, en un documento firmado por el propio Carlos Manuel de Céspedes; o que la Guerra de 1895, contrario a lo que pensaba José Martí, en vez de impedir que Estados Unidos cayera como una fuerza más sobre las naciones latinoamericanas, sirvió como pretexto para la intervención de ese país en Cuba y Puerto Rico; o que la revolución de 1933 para derrocar a Gerardo Machado, también sirvió para entronizar a Fulgencio Batista en la política cubana; y mucho menos reconocer que la lucha contra Batista no buscaba implantar el socialismo, sino defender la Constitución de 1940 y restablecer el juego democrático violado por el golpe militar del 10 de marzo de 1952, como afirmó él mismo en su alegato La historia me absolverá.

En el párrafo citado, punto central de la tesis oficial de que en Cuba ha habido una sola revolución a través de 100 años de lucha, lo único cierto que se dice —si omitimos los levantamientos previos a la fecha— es que el 10 de octubre de 1868 marcó en la Isla la introducción de la lucha armada como método para el cambio social, pero la similitud en el método utilizado no implica la igualdad de los fines de todos los actores, y mucho menos la validez o la efectividad del método.

Sobre las 'condiciones objetivas y subjetivas' para la libertad

"Hace 100 años no existía la nacionalidad cubana, hace 100 años no existía un pueblo con pleno sentido de un interés común y de un destino común. Nuestro pueblo hace 100 años era una masa abigarrada constituida, en primer término, por los ciudadanos de la potencia colonial que nos dominaba; una enorme masa también de ciudadanos nacidos en este país, algunos descendientes directos de los españoles, otros descendientes más remotos, de los cuales algunos se inclinaban a favor del poder colonial y otros eran alérgicos a aquel poder; una masa considerable de esclavos, traídos de manera criminal a nuestra tierra para explotarlos despiadadamente [...] Se sabe que en la mente de los libertadores de América Latina se albergó también la idea de enviar a Cuba un ejército a liberarnos. Pero ciertamente aquí todavía no había una nación que liberar sencillamente porque no había nación, no había un pueblo que liberar porque no existía pueblo con la conciencia de la necesidad de esa libertad".

El cuadro pintado por Castro, lejos de apoyar su tesis, reivindica por sí mismo la aproximación gradual de aquellos reformadores de finales del siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX, como José Agustín Caballero, José de la Luz y Caballero, Francisco Arango y Parreño y José Antonio Saco, que junto a Félix Varela y otros comenzaron a sentar las bases de la futura nacionalidad cubana mucho antes de 1868.

Aquellos padres fundadores, precisamente porque en la Isla "todavía no había un pueblo que liberar porque no existía un pueblo con la conciencia de esa libertad", propugnaron un proceso de ingeniería social evolutiva basado en el desarrollo económico no sólo por medio de la explotación de la mano de obra esclava —que en aquella época desgraciadamente era de práctica común en Cuba, el resto de las Antillas y otras partes del mundo—, sino también a través del conocimiento científico; de la aplicación de los adelantos tecnológicos a la industria y la agricultura; de la maduración social por medio del fomento de la instrucción pública; y de la educación del individuo sobre principios morales y filosóficos que le prepararan para el ejercicio de la libertad, precisamente con el fin de fundar una nación a partir de aquellos elementos tan disímiles.

Si esas condiciones para la libertad no estaban dadas en 1868, como afirma el propio Castro, ¿qué nos hace pensar que por el solo hecho de haber triunfado las armas separatistas, digamos que en 1870 o en 1875, de repente íbamos a poder establecer una república independiente, moderna y viable; o que tras la derrota del ejército español, el país no iba a caer bajo el control de Francia, Inglaterra o Estados Unidos, potencias todas que codiciaban la Isla, como en efecto ocurrió en 1898?

Si las gestiones de los emisarios separatistas cubanos ante el gobierno del presidente Ulises S. Grant hubieran fructificado en 1869, Cuba, al igual que Texas en 1845, habría pasado a ser otro estado de la Unión, algo que no ocurrió por la reticencia del gobierno estadounidense a perjudicar sus relaciones con España, y que su sola posibilidad echa por tierra la tesis historicista oficial.

Sobre la esclavitud y la oposición a la lucha armada

"Y entre los sectores que ostentaban la riqueza de origen criollo, había un factor que los dividía profundamente. Los españoles lógicamente estaban contra las reformas y, aún más, contra la independencia. Pero muchos criollos ricos estaban también contra la idea de la independencia, puesto que los separaba de las ideas más radicales el problema de la esclavitud. Por lo que puede decirse que el problema de la esclavitud fue una cuestión fundamental que dividía profundamente a los elementos más radicales, más progresistas, de los criollos ricos, de aquellos elementos que, calificándose también de criollos —todavía no se hablaba propiamente de cubanos— se preocupaban por encima de todo de sus intereses ecnómicos, como es lógico; se procupaban por encima de todo de mantener la institución de la esclavitud. Y de ahí que apoyaran el anexionismo primero, el reformismo luego, y cualquier cosa menos la idea de la independencia y la idea de la conquista de los derechos por la vía de la lucha armada".

De nuevo, Castro recurre a verdades a medias y estereotipos para justificar la idea de la lucha armada. Aunque es cierto que el problema de la esclavitud fue un tema de vital importancia en la política de la época, ya que el desarrollo de la industria azucarera estaba basado en la mano de obra esclava, las diferencias fundamentales entre los criollos capitalistas y la metrópoli mercantilista eran el problema de la libertad económica y el de la representación política.

La controversia entre los criollos con respecto a la esclavitud, a partir de mediados del siglo XIX, se centraba más bien en la forma de abolirla: si se hacía de manera gradual y con compensación económica, o de manera inmediata y sin compensación. De hecho, como afirma el propio Castro en su discurso, "en Camagüey los revolucionarios desde el primer momento proclamaron la abolición de la esclavitud, y ya la Constitución de Guáimaro, el 10 de abril de 1869, consagró definitivamente el derecho a la libertad de todos los cubanos...".

Lo que no dice Castro es que muchos de aquellos revolucionarios que abolieron la esclavitud eran hacendados y terratenientes ricos, y que muchos de ellos simpatizaban con la anexión. De ahí que no se pueda generalizar que todos los criollos reformistas que se oponían a la lucha armada eran esclavistas; ni que todos los esclavistas se oponían a la lucha armada; ni que todos los anexionistas eran esclavistas; ni tampoco que los reformistas y luego los autonomistas se opusieran a la libertad, como implica la versión historicista oficial.

José Antonio Saco, que jamás poseyó un esclavo, nunca fue rico y murió en la pobreza, era reformista, se oponía a la esclavitud y al anexionismo, y consideraba que la vía armada para buscar la independencia ponía a Cuba en peligro de caer en manos de otras potencias extranjeras si se producía una salida prematura de España de la Isla.

Narciso López, que era anexionista y tenía vinculaciones con los esclavistas sureños norteamericanos, propugnaba la lucha armada contra el poder colonial español. Ignacio Agramonte y Loynaz, que simpatizaba con la anexión porque veía en la Unión Americana un ejemplo de democracia y libertad, y que al morir en Jimaguayú en 1873 llevaba bordada en su camiseta la bandera estadounidense, no era esclavista y fue uno de los pilares más recios de la insurgencia contra España.

Refiriéndose a los autonomistas, el propio Máximo Gómez afirmaba que "esas gentes de letras y de espíritu tranquilo y pacífico no son llamadas a la rebelión. Como saben tanto, siempre confían el mandato de todas las cosas humanas a las ideas, y no suponen necesaria la fuerza bruta en ningún caso. Ellos tienen razón en parte, pues cuando con ella se triunfa queda el camino plagado de desastres". Una cosa es oponerse al uso de la fuerza bruta como medio para obtener la libertad, y otra es oponerse a dicha libertad.

Sobre la responsabilidad por la 'república mediatizada'

"Ellos fueron los que prepararon el camino [dice Castro refiriéndose a los revolucionarios separatistas], ellos fueron los que crearon las condiciones y ellos fueron los que tuvieron que apurar los tragos más amargos: el trago amargo del Zanjón, el cese de la lucha en 1878; el trago amarguísimo de la intervención yanki; el trago amarguísimo de la conversión de este país en una factoría y en un pontón estratégico —como temía Martí—; el trago amarguísimo de ver a los oportunistas, a los politiqueros, a los enemigos de la revolución, aliados con los imperialistas, gobernando este país".

Lo que no dice Castro es que el cuadro descrito por él no fue resultado de la línea de acción evolutiva emprendida por los reformistas y retomada por los autonomistas, que habría evitado los tragos amargos mencionados por él, sino el producto del fracaso de la vía armada para liberar a Cuba emprendida por los separatistas, porque el problema, como demostraron los hechos, no era solamente derrocar militarmente a España, sino crear una nación moderna viable, con la suficiente estabilidad política y económica para sortear con éxito todos los obstáculos internos y externos que se alzaban en su contra, razón por la que Saco recomendaba el sacrificio de la paciencia ante la intransigencia de España.

El líder autonomista José María Gálvez, como citan Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza en su obra Cuba/España. El dilema autonomista, 1879-1898, en un discurso en la Cámara de Representantes del gobierno autonómico en 1898, decía con referencia a la intervención norteamericana, que prefería que la bóveda celeste se desplomara sobre sus cabezas, "antes que ver hollado nuestro suelo y sojuzgado nuestro pueblo por ese odiado enemigo que aspira a la conquista de esta Isla".

¿Cómo acusar entonces a los reformistas y a los autonomistas de ser los causantes del surgimiento de una república mediatizada bajo la tutela norteamericana, cuando siempre se opusieron a la precipitación revolucionaria y por el contrario apostaban por la vía de una evolución gradual de la sociedad criolla?

¿Cómo acusarlos de cooperar a posteriori con la intervención de Estados Unidos en los asuntos cubanos, cuando fueron los separatistas los que rechazaron la rama de olivo tendida por el gobierno autonómico para declarar una tregua en la Guerra de Independencia, algo que habría privado al presidente William McKinley de toda justificación para intervenir militarmente en Cuba, pues su condición expresa para la no intervención era el cese de las hostilidades?

La realidad histórica es que los líderes el Ejército Libertador prefirieron cooperar con las tropas de Estados Unidos para terminar la guerra, antes que pactar con los autonomistas para evitar una intervención militar norteamericana.

Sobre la leyenda negra de la 'seudorrepública'

"¿Qué república era aquella que ni siquiera el derecho al trabajo del hombre estaba garantizado? ¿Qué república era aquella donde no ya el pan de la cultura, tan esencial al hombre, sino el pan de la justicia, la posibilidad de la salud frente a la enfermedad, a la epidemia, no estaban garantizados? ¿Qué república era aquella que no brindaba a los hijos del pueblo —que dio cientos de miles de vidas, pero que dio cientos de miles de vidas cuando aquella población de verdaderos cubanos no llegaba a un millón; pueblo que se inmoló en singular holocausto— la menor oportunidad? ¿Qué república era aquella donde el hombre no tenía siquiera garantizado el derecho al trabajo, el derecho a ganarse el pan en aquella tierra tantas veces regada con sangre de patriotas?".

Cuando las Trece Colonias declararon su independencia de Inglaterra en 1776, los colonos americanos tenían 157 años de tradición civil y autogobierno para emprender su camino como nación, si contamos a partir del 30 de julio de 1619, fecha en que la Asamblea de Virginia celebró sus primeras elecciones democráticas. Aun así, a la sociedad norteamericana le tomó 345 años —con una guerra civil de por medio— lograr su total emancipación en 1964, gracias al triunfo del Movimiento por los Derechos Civiles liderado por Martin Luther King Jr., y aún hoy, a 230 años de su independencia, a pesar de ser la democracia moderna más antigua del mundo, todavía queda mucho por hacer en Estados Unidos para consumar el ideal de una república "con todos y para el bien de todos".

Los cubanos, cuando estrenamos nuestra independencia en 1902, habíamos vivido 390 años bajo un férreo gobierno militar colonial, teníamos 34 años de tradición guerrera revolucionaria y prácticamente ninguna experiencia de gobierno autónomo. De ahí que el país desembocara, por inmadurez política y falta de tradiciones civiles, en lo que Fareed Zakaria define como una "democracia iliberal", en la que se mezclan las elecciones con el autoritarismo; es decir, una democracia carente del espíritu de respeto a la leyes y las instituciones propio del constitucionalismo liberal, que hace posible defender las libertades del individuo en contra de la coerción arbitraria ejercida por otros hombres o instituciones.

Sin embargo, aquella república imperfecta, producto de la precipitación revolucionaria y la inexperiencia política, a pesar de todos sus lastres heredados de la colonia, fue capaz, en apenas 57 años, de alcanzar una de las posiciones más avanzadas entre las naciones latinoamericanas y aventajaba en muchos aspectos a muchas naciones europeas de la postguerra.

Aquella república vilipendiada por Castro en la década de los años cincuenta, estaba entre las primeras de América Latina en consumo de calorías por habitante, en niveles de alfabetización, en cantidad de médicos por habitantes, por sólo mencionar tres indicadores. Cuba, a pesar de la dictadura de Batista y de la guerra civil, era en 1958 un país de inmigrantes y gozaba de un nivel real de ingresos muy por encima del que tienen los cubanos en la actualidad. ¿Qué más se podía pedir en tan corto tiempo a una república que había nacido con tantas desventajas?

La necesidad de una visión histórica más incluyente

Un análisis desapasionado de los hechos indica que la Historia de Cuba no es ese panteón exclusivo de los héroes revolucionarios que nos han inculcado durante generaciones, sino que está matizada por la obra de hombres y mujeres de diversas tendencias que contribuyeron substancialmente a la formación de nuestra nación y que no pueden ser omitidos o descalificados sencillamente porque algunos fueron esclavistas en tiempos de la esclavitud, o porque quisieron llegar a la libertad por la vía de la evolución social.

De los 55 delegados que participaron en la Convención de Filadelfia para redactar la Constitución de Estados Unidos en 1787, doce eran dueños de esclavos o administraban plantaciones de esclavos, incluyendo a George Washington y James Madison —así como Thomas Jefferson, quien a la sazón fungía como ministro ante Francia—; sin embargo, a nadie en su sano juicio se le ocurriría desterrar de la historia a estos padres fundadores de la nación norteamericana por el solo hecho de haber sido esclavistas en un momento dado.

La diferencia entre reformistas, autonomistas y separatistas no era en relación con los fines que buscaban, ya que todos querían cambiar el régimen colonial imperante, sino con relación a los métodos empleados para alcanzar dichos fines.

Para la metrópoli, y para muchos de los cubanos que la propugnaban, la autonomía no era otra cosa que la independencia a más largo plazo, pero la independencia al fin, razón por la que el ministro de Ultramar español Francisco Romero Robledo —como citan Antonio Elorza y Elena Hernández Sandoica en su obra La Guerra de Cuba 1895-1898— dijo en una intervención parlamentaria en julio de 1891 que "al partido autonomista ha ido a parar todo el espíritu separatista que mantuvo por espacio de diez años la guerra en aquel rico país; lo ha declarado gran parte de la prensa, que iban allí estos elementos con los mismos ideales con que habían estado en la guerra, y que, si no los realizaban, volverían a la guerra. ¿Han desaparecido esos elementos?, ¿podemos nosotros consentir jamás en semejante vergüenza, y hay alguien que nos considere capaces de la abdicación que tal autonomía representa?".

Mientras nuestros textos de historia no enseñen también estas realidades y, por el contrario, sigan siendo instrumento para el culto demagógico a la lucha armada y la intransigencia revolucionaria, nuestras escuelas serán incapaces de formar verdaderos ciudadanos aptos para la libertad y la tolerancia, dispuestos a dirimir sus diferencias políticas en las urnas, y nuestra sociedad, en vez de romper con el ciclo inútil de la violencia y evolucionar por cauces civilizados, seguirá pariendo revoluciones, dictaduras y destierros.

El chantaje historicista como coartada política

Una lectura más equilibrada de nuestro pasado sugiere que los reformistas, representantes genuinos de una burguesía verdaderamente revolucionaria, no solamente transformaron la Isla en una "locomotora" económica que también acarreaba a España —a pesar de todas las trabas de la metrópoli en su contra—, sino que con sus críticas y propuestas de cambios, plantaron además la semilla de la nacionalidad cubana y contribuyeron al desarrollo de un pensamiento político anticolonial que sirvió también para la fragua del separatismo.

Una lectura tal sugiere que los autonomistas, herederos del espíritu reformista, tras el fracaso de la Guerra del 68 trataron infructuosamente de obtener de España las reformas prometidas en la Paz del Zanjón para reconstruir el país, proyecto de ingeniería social gradual truncado por la Guerra del 95; y que al final todos, merecedores de mejores circunstancias, fueron víctimas de la intransigencia española y de la precipitación revolucionaria.

Pero Castro, producto y usufructuario al mismo tiempo del ethos revolucionario de su época, ni podía ni quería ver la evidencia histórica al pronunciar su discurso en 1968. Su propósito no era analizar los hechos de manera imparcial y rendir tributo a todos aquellos cubanos que desde corrientes políticas distintas y promoviendo métodos diferentes, perseguían sin embargo el mejoramiento del país. Su objetivo era justificar su régimen y establecer de paso un patrón de chantaje político: el que está contra mí, está contra el destino histórico de la nación.

Enarbolando las banderas de las guerras contra España, escudados en los próceres independentistas, amparados en el culto a los caídos en las luchas contra Machado y Batista, los revolucionarios castristas, lejos de quitarse la camisa de fuerza totalitaria que les impide evolucionar hacia un modelo más eficaz de conducir la cosa pública y abrazar con madurez una verdadera batalla de ideas en la que participen libre y civilizadamente todas las tendencias políticas de la sociedad, se envuelven en el manto de los símbolos patrios para acusar de "anticubano" a todo el que no piense como ellos y justificar una campaña represiva que no tiene justificación.

Por obra y gracia de este chantaje demagógico, los tribunales santifican la violación de los derechos ciudadanos, los cuerpos represivos reprimen a los inocentes, los medios de comunicación convierten a los opositores pacíficos en "agentes del imperialismo", la sociedad trata como "gusanos" a los que no están de acuerdo con la revolución, los historiadores califican de "nuevos autonomistas" a los que cuestionan los métodos violentos del separatismo, los ideólogos del Estado catalogan de "neoconservadores" y "detractores de la revolución" a los que cuestionan el paradigma revolucionario que nos asfixia.

Entre los hechos y la utopía

Más allá de todos los calificativos, la realidad sigue siendo, como afirma Ludwig von Mises en su obra Teoría e Historia, que "no existe ninguna norma disponible para evaluar cualquier modo de actuación, ya sea de individuos o de grupos de individuos, como no sea la de los efectos producidos por dicha actuación". Medida por sus efectos, la revolución cubana se detracta a sí misma.

Tras más de cuatro décadas en el poder, miles de muertos, decenas de miles de prisioneros políticos, más de un millón de personas en el exilio y la emigración, y una deuda externa de más de un millón de dólares por habitante, los revolucionarios cubanos no han podido llevar a Cuba ni al comunismo ni al capitalismo.

El Estado y la sociedad cubana —como ocurría en la Rusia estalinista, la Alemania nazi, o en la Italia fascista— están en función de la voluntad, los caprichos y los intereses del Máximo Líder. La corrupción, el nepotismo y la desesperanza campean por sus respetos como nunca antes en el país. Ni siquiera en tiempos de Machado ni de Batista, se habló en Cuba de la sucesión de un gobernante por su hermano, como si se tratara de una monarquía. El inventario del desastre castrista es extenso. Su costo de oportunidad es incalculable.

La experiencia como guía

La visión historicista oficial de que el pasado revolucionario justifica el presente totalitario es falsa, porque se basa en el presupuesto de que existe un "destino histórico" que rige el desarrollo de los pueblos, como si la Historia fuera un catálogo de leyes inexorables y no el repositorio de la acción de seres humanos, de cuyos errores y aciertos debemos aprender para modificar su curso.

Los editores de la colección de obras clásicas Grandes Libros del Mundo Occidental, recopilada con el fin de mantener viva la "Gran conversación" entre los pensadores de nuestra cultura, afirman que "la tarea de cada generación es revaluar la tradición en que vive, para descartar lo que no puede usar y para traer a contexto con el pasado lejano e intermedio las más recientes contribuciones a dicha Gran conversación".

Para ellos, el hombre moderno occidental, dada la naturaleza de los cambios políticos y sociales ocurridos en los últimos tiempos, necesita rescatar, enfatizar y aplicar a sus problemas presentes "la sabiduría que descansa en las obras de sus más grandes pensadores y en las discusiones que ellos han sostenido", en el convencimiento de que sus voces "podrían ayudarnos a aprender a vivir mejor en el presente".

Cuando Félix Varela nos advierte: "Mucho debe lamentar la política el temerario empeño de los que quieren concluir en un día obras que por su naturaleza exigen muchos años. No queremos dejar nada que hacer a nuestros venideros, y he aquí el modo de no dejarles nada hecho".

O cuando José de la Luz y Caballero explica que "buscar el remedio de los males que afligen al cuerpo social, fuera de la familia y la propiedad, es matar al enfermo para curarlo".

O cuando José Antonio Saco recuerda que "una triste experiencia enseña que no hay hombres que ultrajen a la humanidad con más desprecio, ni que atropellen a las leyes y la libertad con más insolencia, que los revolucionarios que se erigen en regeneradores de la humanidad y en defensores de las leyes y la libertad", no podemos dejar de pensar en el presente, en nuestra experiencia. Es hora de que esas voces, y las de todos los cubanos, se sumen a la "Gran conversación" de nuestro tiempo.

La crítica del ethos revolucionario que nos condujo al totalitarismo es un tema insoslayable dentro de esa gran conversación cubana y universal que tenemos pendiente, porque es imprescindible para la concreción de una mentalidad postrevolucionaria, compatible con la modernidad, que nos permita trascender el castrismo, fomentar el desarrollo y llegar a vivir en una sociedad donde no haga falta un levantamiento armado cada 30 años para resolver sus problemas, donde el culto a los caídos no sea más relevante que la suerte del ciudadano común, y cada cual pueda disfrutar civilizadamente su derecho inalienable a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

(Tomado de Encuentro en la Red, 15 diciembre 2006)


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