Chávez le va a enviar cuarenta plantas eléctricas auxiliares a su amigo
Daniel Ortega. Son pequeñas e ineficientes, pero ayudarán a mitigar los
apagones que sufren los nicaragüenses. Suministrarán energía a precios
subsidiados por los venezolanos. Las plantas llegarán desde Cuba, donde
dejan de cumplir una misión similar. Con las plantas, Chávez le remitirá
petróleo al líder sandinista, y seguramente le abrirá una generosa línea
de crédito. El gobierno cubano, por su parte, ofrecerá médicos, operaciones
de cataratas, sistemas de alfabetización, y unos señores que enseñan a dar
saltos con garrocha o a jugar béisbol. Con esos elementos, Daniel Ortega
comenzará a aumentar su base de apoyo popular. A principios de enero asumirá
el poder con un 60 por ciento de la población en contra, pero se dispone a
remontar este inconveniente tejiendo rápidamente una clientela electoral que
en el futuro le devolverá en las urnas los bienes y servicios que pueda
entregarle.
Es así como el populismo revolucionario edifica su respaldo masivo. No
genera las condiciones para que la sociedad cree riquezas, sino alivia los
síntomas de la miseria reclutando en el proceso a un ejército de estómagos
agradecidos. Es así como Perón, Chávez, Castro y toda esa familia de demagogos
edificaron su sistema de poder. "Dan" cosas "gratis", regalan, e invierten las
relaciones normales entre la sociedad y el gobierno. Gratis, claro es un decir,
porque alguien siempre tiene que pagar por el bien o el servicio que se otorga.
En una sociedad bien organizada el gobierno vive de la sociedad. En los
infiernillos populistas, la sociedad vive del gobierno. Pero como los gobiernos
son pésimos productores y malos administradores, y como el populismo drena los
recursos disponibles destruyendo las fuentes de capital, la espiral invertida
gira en forma vertiginosa: a más populismo, más pobres, pero a más pobres, más
clientes para aumentar la base de apoyo. Así gobernó el PRI mexicano setenta
años. Cuando perdió el poder la mitad del país era miserable. Exactamente la
mitad que lo respaldaba. Durante el chavismo, el número de pobres venezolano ha
aumentado un ocho por ciento. El mismo porcentaje que ha aumentado el chavismo
"duro".
Esta obscena y contraproducente compra de conciencias, además, se presenta
como una forma superior de solidaridad moral. ¿Cómo ninguna persona decente
puede oponerse a que les regalen comida y ropa a los pobres, a que les den agua
y electricidad sin costo, o a que les curen las enfermedades? ¿No hablan las
Escrituras de dar de comer al hambriento y de beber al sediento? ¿No es acaso
la compasión una actitud admirable? Depende. La compasión puede ser terriblemente
destructora. Un cocainómano que presenta el síndrome de abstinencia alivia su
dolor y su ansiedad con una dosis de la droga, pero si se la damos lo único que
conseguimos es perpetuar el problema.
Por supuesto que el primer objetivo común de cualquier sociedad madura debe ser
rescatar a los más necesitados. Tampoco hay duda de que cualquier gobierno
responsable debe ocuparse de los problemas más urgentes que sufren las personas
indefensas. Pero sin olvidar que el fin de la pobreza jamás se logra por medio
de gestos demagógicos ejecutados por gobiernos populistas. Lo que hemos aprendido
observando a las sociedades que han logrado erradicar o disminuir los índices de
pobreza es que ese objetivo se alcanza mediante una combinación de buena educación,
transferencias tecnológicas, inversiones nacionales y extranjeras, garantías
jurídicas e instituciones eficientes, presión fiscal razonable y gasto público
reducido, de manera que vaya expandiéndose un tejido empresarial dentro del sector
privado, cada vez más denso, competitivo y sofisticado, para que aumenten
progresivamente los salarios de los trabajadores.
La tragedia consiste en que este mensaje político es muy poco atractivo. Habla de
responsabilidad y no de derechos. Pone el acento en la libertad para construir el
destino propio, con los riesgos que ello conlleva, y no en la pasiva tranquilidad
de quien espera que le fabriquen su vida desde fuera. Coloca la carga de la
construcción de la felicidad sobre los individuos y les niega a los gobiernos la
facultad de modelar nuestra existencia. Por eso es tan difícil la batalla. Los cantos
de sirena son siempre más agradables de escuchar. Aunque nos lleven al desastre.
Erradicar o disminuir los índices de pobreza es un propósito
pobre para la sociedad. El objetivo primario (necesario, posible
y provechoso para todos) de la sociedad debía ser el mayor
desarrollo posible de todos sus miembros, para el logro de los
mayores bienestar y felicidad posibles de todos ellos.
Y proponer estructurar el funcionamiento social con el principal
fin mediático de "expandir un tejido empresarial dentro del
sector privado, cada vez más denso, competitivo y sofisticado",
para la ganancia consecuente de "aumentar progresivamente los
salarios de los trabajadores", es ciertamente un mensaje
político difícil o imposible de tragar. Ese tejido empresarial
denso y sofisticado sería tonto si no hiciera muchísimo más para
bien y conveniencias propias además de mejorar a sus asalariados
como les convenga.
No es extraño pues que los demagógicos populistas tengan éxitos.
Es asombroso y penoso que ni los opositores a Chávez ni los a
Castro hayan sido capaces de estructurar y dar a conocer una
agenda social realista, beneficiosa y convincente para todos.