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HUMANISMO

Por qué, qué y para qué, en 856 palabras


HUMANISM: Why, What, and What For, In 882 Words

Piense en sus más grandes problemas y en sus más grandes deseos. Poniendo las casualidades aparte, ¿no depende de la actuación de un número de seres humanos –¡incluído usted mismo!– su solución o consecución?

Piense en los sucesos más importantes de su vida, en sus mayores logros, en sus mayores satisfacciones y disfrutes. ¿No se basaron esos sucesos en recursos que proporciona la naturaleza, siendo el primero de todos éstos los seres humanos –¡incluído usted mismo!–? Hasta sus posibles experiencias místicas o de fe religiosa más trascendentes, ¿no las debe a seres humanos, que han concebido el misticismo, se lo han inculcado y no dejan que se le desvanezca, con influyentes manifestaciones; o que lo hacen sentir acompañado en su fe?

Piense en los peores sucesos de su vida. Poniendo de nuevo aparte las casualidades, ¿no ha habido seres humanos con participación decisiva en esos sucesos, por falta de capacidad o voluntad para evitarlos, o por haber tenido una formación torcida o deficiente y haber provocado algunos de ellos con toda intención? ¡Incluído el ser humano que es usted mismo entre esos posibles responsables!

Debía pues ser fácil concluír que la condición humana en el resto de las personas y en usted mismo –sus capacidades, sentimientos y acciones– es lo más importante en su vida.

El Ser Humano es el producto supremo de la naturaleza, resultado de lentos procesos en millones de años de interacción de los componentes de ésta. Es difícil concebir tales procesos, que multiplican tantas veces la duración de una vida humana, pero que por lo mismo pueden producir criaturas y estructuras tan sofisticadas.

Así se ha generado además el entorno maravilloso que tenemos, ideal para nuestros requerimientos, que podemos usar y disfrutar para siempre si lo hacemos con inteligencia.

Predominamos en la naturaleza porque podemos entender racional y progresivamente el mundo de que somos parte; e imponer convicciones a nuestros instintos primitivos cuando es necesario. Buscamos relaciones claras y comprobables entre los objetos y fenómenos, porque son las únicas útiles. Evitamos las ideas que sólo son populares, antiguas o productos de la imaginación o la retórica. Vamos comprendiéndonos a nosotros mismos como máquinas maravillosas, compuestas por multitudes de combinaciones de estructuras simples. Mientras investigamos para conocer más o mejor, aplicamos lo que sabemos a tanto que hay por hacer, y difundimos el conocimiento existente para que muchos más contribuyan al progreso con su inteligencia.

Hay funciones fundamentales de nuestro cerebro que no son partes del pensamiento racional, como nuestras emotividad, intuición, y la sensibilidad y creatividad artísticas. Las que cultivamos y encauzamos en cooperación con nuestra capacidad racional.

Tan o más importante que la naturaleza humana con que nacemos es la formación que adquirimos interactuando a lo largo de la vida. Desde habilidades básicas, como el habla y la postura erecta, hasta cualidades como la honestidad y la perseverancia, son frutos de la educación y la experiencia. Somos como pedazos de una arcilla fantástica que pueden llegar a ser criaturas extraordinarias. El odio, la envidia, la avaricia y la susceptividad a ser manipulado son ejemplos resultantes de malas formaciones. Creer en el ser humano incluye apreciar a plenitud tanto el valor de cada individuo como sus inmensos potenciales a desarrollar.

Tenemos personalidades propias, al tiempo que integramos la gran entidad humana universal. El aprecio del resto de las personas es lo que más nos importa. El talento, las obras, las virtudes y la belleza de otros seres humanos nos enorgullecen, por ser muestras de lo que somos y de lo que somos capaces de hacer; en especial, las nuevas habilidades y la nobleza de los jóvenes nos emocionan, porque nos prueban que avanzamos y que somos intrínsecamente buenos. Veneramos y cuidamos a nuestros viejos, porque cada uno representa una vida de existencia humana, aportándonos experiencia, obras y afecto. La condición humana en otro ser, si la valoramos a plenitud, desarma los posibles recelos o menosprecios por diferencias étnicas, culturales, de género o económicas. Al morir seguimos viviendo en el aprovechamiento por los demás de lo que hubimos de crear en vida.

Nuestro juicio sobre el bien y el mal viene de miles de generaciones de existencia y coexistencia humanas, que enseñan qué edifica, qué trae bien perdurable, y qué es lo opuesto.

La organización social se entrelaza con nuestra naturaleza, demostrado por la necesidad que tenemos de relacionarnos con otros para desenvolver nuestras vidas, explotar nuestras capacidades y ser felices. La sociedad no es más que un acuerdo de todos, necesario, provechoso y hasta vital; que no imponga limitaciones arbitrarias, proteja de abusos y propicie el bienestar, desarrollo y la vida más fructífera de cada uno de sus integrantes.

La magnífica realidad es que cada uno de nosotros es un organismo fabuloso, con posibilidades que no parecen tener límites. Conociendo lo que valemos, conociendo lo importante que es cada uno para los demás y todos los demás para cada uno, conociendo que somos tanto naturaleza como formación, conociendo nuestra armoniosa dependencia recíproca con el resto de la naturaleza, haciendo que los demás conozcan estas vitales realidades, usando nuestra capacidad para resolver problemas entendiéndolos, mejoraremos la actuación de todos y llegaremos como individuos, como naciones y como especie a niveles de bienestar insospechados.

1996 Rev. 97,98,04


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Creer en el Ser Humano

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