PROYECTO
EL PARTIDO DE LA UNIDAD, LA DEMOCRACIA Y LOS DERECHOS HUMANOS QUE DEFENDEMOS

V Congreso del Partido Comunista de Cuba
Octubre de 1997

Compatriotas:
Vamos hacia un nuevo Congreso del Partido, encuentro de todo el pueblo cubano.

En momentos tan decisivos como los de hoy, José Martí definió que ...el Partido existe, seguro de su razón, como el alma visible de Cuba.

Martí fundó en 1892 el Partido único de los patriotas de su tiempo, el Partido Revolucionario Cubano, para alcanzar la independencia de Cuba y contribuir a la de Puerto Rico, hacer la guerra necesaria contra el yugo colonial español, poner freno a los apetitos de Estados Unidos y crear una república con todos y para el bien de todos en la que se conquistaría toda la justicia.

Siete décadas después, en los días gloriosos de Playa Girón, surgió su legítimo heredero, el Partido Comunista de Cuba, también seguro de su razón.

Para los cubanos, patria independiente, democracia genuina y socialismo, están indisolublemente unidos. Nuestro Partido continúa al de Martí y mantiene en alto, con firmeza, las banderas que nos legaron los próceres y por las cuales han derramado su sangre tantos héroes y mártires.

El Partido es hoy el alma de la Revolución, ha dicho Fidel Castro, su fundador y guía.

I. LA REVOLUCIÓN CUBANA ES UNA SOLA

La Revolución Cubana que comenzó en La Demajagua el 10 de octubre de 1868, es una sola hasta nuestros días. En ella son inseparables los ideales de independencia nacional, justicia social y hermandad entre los hombres.

Los iniciadores de nuestra Revolución dieron la libertad a sus esclavos, lucharon contra un régimen colonial basado en la esclavitud y en una cruel estratificación social. Desde el mismo año 1868 participaron en la gesta hombres surgidos de las capas más humildes de la sociedad. Constituyeron la gran masa de combatientes y muchos alcanzaron altos grados militares y relevantes posiciones en la conducción de la guerra.

El pueblo compartió riesgos y sacrificios, y asumió el papel protagónico en la forja de su destino. En la manigua y la emigración, en el aula y el taller, buscó la unión indispensable y proyectó la imagen de la nación deseada. Guáimaro y Baraguá, Jimaguayú y La Yaya jalonaron ese proceso singular en medio de la más feroz batalla contra España.

Factores diversos explican la radicalización social de nuestras luchas por la independencia, iniciadas más de medio siglo después que en el resto de América Latina. En nuestro caso, había no solo que liquidar el yugo colonial sino enfrentar también los afanes expansionistas de Estados Unidos. Era imprescindible derrotar además a una oligarquía criolla que se unió a los colonialistas o se hizo anexionista.

Cuba constituyó, y lo es aún, una de las piezas más apetecidas por la clase dominante norteamericana. Uno de los primeros presidentes del entonces naciente imperio, Thomas Jefferson, expresó con toda claridad a inicios del pasado siglo el interés de poseer la Isla.

En 1820, bajo la presidencia de James Monroe, Estados Unidos proclamó la teoría de la fruta madura, es decir, una vez separada Cuba de España debía caer en poder de su vecino del Norte.

Los mandatarios que le sucedieron hasta el momento de la intervención militar de 1898, reafirmaron esa política. Se recurrió a presiones, ofertas de comprar la Isla y empleo de elementos anexionistas criollos.

El gobierno estadounidense se opuso y logró anular la propuesta para expulsar a España de Cuba que El Libertador Simón Bolívar llevó al Congreso de Panamá de 1826; asimismo conminó a México y Colombia, en términos muy enérgicos, a que se abstuvieran de realizar cualquier tipo de expedición contra el dominio colonial en la Isla.

Con el ánimo de lograr sus propósitos anexionistas, los intereses esclavistas norteamericanos financiaron a mediados del siglo XIX dos expediciones armadas, que encabezó Narciso López. Sin embargo, desde entonces Estados Unidos se opuso invariablemente a las que organizaban los patriotas emigrados para liberar a Cuba.

El enemigo inmediato a vencer era la metrópoli española. Pero el más peligroso para nuestra nación lo constituía ya el imperialismo norteamericano.

Carlos Manuel de Céspedes pudo descubrir en la etapa inicial de la Guerra Grande que apoderarse de Cuba era el secreto de la política estadounidense.

Martí supo apreciar la dimensión de esa amenaza, denunciarla, organizar a los patriotas para enfrentarla y ofrendar en esa lucha su vida ejemplar. En su testamento político, poco antes de caer, lo advirtió: ...ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.

La guerra del 95 conducía inexorablemente al fin del colonialismo español. La invasión desde oriente dirigida por Máximo Gómez y Antonio Maceo, extraordinaria proeza militar, extendió la contienda a todo el país y con las campañas que realizaron en el occidente y centro de la Isla dieron un golpe determinante al ejército de la corona española, desmoralizado y en franca bancarrota.

En 1898 se produjo la sospechosa y nunca aclarada, explosión del acorazado Maine en la bahía de La Habana, pretexto que abrió las puertas a la intervención militar de Washington en la colonia que ya España tenía virtualmente perdida.

Después que Estados Unidos declaró la guerra a España, hecho calificado por Lenin como la primera guerra imperialista de la historia contemporánea, los norteamericanos se dedicaron durante tres meses a bloquear y hostigar las costas y puertos cubanos, agravando las penurias que la población sufría desde la Reconcentración de Valeriano Weyler.

Luego centraron los esfuerzos en lo que resultaron sus acciones fundamentales: la destrucción de la escuadra del almirante Cervera, anclada en la bahía de Santiago de Cuba, y la toma de la ciudad, que ya estaba sitiada por los mambises y cuya liberación era solo cuestión de tiempo.

El ocupante yanqui, tras la rendición de las huestes españolas allí acantonadas no permitió que entraran a la ciudad las tropas bajo el mando de Calixto García, cuyo aporte había sido decisivo para el desembarco de los norteamericanos y los combates de Santiago.

Estados Unidos arrebató a Cuba la independencia por la que habían luchado durante tres décadas, machete en mano, cientos de miles de sus hijos, sin escatimar ríos de sangre y enormes sacrificios de familias enteras.

Nuestra nación fue objeto de la más infame transacción y excluida de los arreglos que pusieron fin a la guerra que ella había ganado. A sus espaldas, Estados Unidos y España negociaron y conciliaron intereses hasta culminar en la firma del Tratado de Paz de París.

Caídos ya Martí y Maceo, la disolución del Partido Revolucionario Cubano por Estrada Palma facilitó la labor divisionista de los yanquis. Ellos lograron durante su primera ocupación militar (1899-1902) el licenciamiento del Ejército Mambí, es decir, completaron el desarme político y militar del independentismo lo que posibilitaba implantar en la Isla un modelo de sociedad neocolonial.

El comportamiento de los ocupantes correspondió desde su llegada a la más pérfida estrategia anticubana.

Habían transcurrido más de dos meses después del cese de los combates y la situación era registrada así en su diario por Máximo Gómez: Aquí se me ha reunido todo un pueblo hambriento y desnudo. La situación es, por demás aflictiva. Según lo pactado entre España y los Estados Unidos la evacuación por parte de los españoles, de la isla, se hará despacio y cómodamente, para después ocuparla los americanos. Mientras tanto, a los cubanos nos ha tocado el despoblado y por premio de nuestros servicios, de nuestro cruento sacrificio, el hambre y la desnudez, que hubieran sido más soportables en plena guerra que en esta paz, donde no nos es permitido ostentar nuestros laureles tan bien conquistados.

La gesta gloriosa protagonizada por las tropas mambisas, fue dolorosamente sellada en 1899 con la entrega de las armas al ocupante extranjero, a cambio de 75 pesos para cada uno de sus combatientes.

En un periódico cubano de la época, La Discusión, apareció la siguiente opinión:

Exigir del soldado cubano, entre bayonetas extranjeras, que entregue su arma y su equipo a cambio de un puñado de monedas es una humillación que nadie tiene derecho a imponerle... menos que nadie el poderoso que se titula aliado suyo y pretende todavía que le tengamos por amigo de los cubanos.

El Cuerpo de Voluntarios que había servido al ejército colonial español, no fue desarmado y las propiedades de los colonialistas y sus cómplices fueron protegidas por el invasor.

El imperio, que ya tenía importantes intereses en la isla, aprovechó su ocupación militar para acaparar totalmente el negocio de la exportación del azúcar y el 90 por ciento de la del tabaco. Obtuvo ilegales y gratuitas concesiones de todos los recursos mineros del país conocidos hasta entonces. Adquirió grandes extensiones de tierra mediante la compra a precios irrisorios o el desalojo de decenas de miles de campesinos, muchos de ellos soldados y oficiales del Ejército Mambí. Sentó las bases para la creciente penetración en los servicios públicos, la producción y las finanzas hasta lograr el control total de la economía de la neocolonia.

Impuso, además, mediante el chantaje, la Enmienda Platt que consagraba como un brutal derecho de Estados Unidos el de intervenir a su antojo en Cuba y establecer la Base Naval yanqui en Guantánamo.

A la vez, propició en medio de su ocupación militar unas fraudulentas elecciones en las que apenas participó el 7 por ciento de la población e instaló al frente de aquella ficción de república independiente un gobierno pronorteamericano, integrado por personeros de la oligarquía azucarera, por políticos que habían colaborado con el colonialismo español y la intervención yanqui, y unos pocos renegados que traicionaron la causa mambisa.

Sobrevino una larga etapa en la cual el pueblo siguió marginado del poder político, privado de los más elementales derechos humanos. La discriminación del negro y la mujer formaban parte de la naturaleza del sistema, lo mismo que la opresión, la explotación, la miseria, el hambre, el desempleo, el analfabetismo, el negocio de la prostitución y del juego.

Ninguno de los gobiernos oligárquicos hizo algo verdaderamente sustancial en favor del pueblo. Todo se limitaba a las consabidas promesas demagógicas durante las campañas electorales. El ejercicio de la política servía para remachar el yugo extranjero y propiciar la corrupción de los gobernantes.

Solo existía una posibilidad y una remota esperanza: continuar la revolución de Céspedes y Martí y llevarla a su culminación. Los ideales de independencia y justicia del siglo XIX se enriquecieron, a lo largo de la república neocolonial, con las ideas de otros grandes revolucionarios del mundo. En los hombres y mujeres de pensamiento avanzado, la conciencia patriótica se hizo sinónimo del más radical antimperialismo y de la necesidad de cambiar el sistema social desde sus bases.

A lo largo del presente siglo sucesivas generaciones fueron capaces de reproducir el heroísmo y el sacrificio de los mambises. Su convicción en la victoria se fundamenta, como expresó Ignacio Agramonte, en la vergüenza de los cubanos.

Finalmente logramos conquistar la patria de hermandad y justicia que diseñó el Apóstol.

El primero de enero de 1959 no sucedió lo mismo que a fines del siglo pasado: esta vez los mambises sí entraron en Santiago. Los cubanos fuimos al fin dueños del destino de la nación. A partir de ahí se inició el duro enfrentamiento bilateral con Washington que se mantiene.

La confrontación empezó el mismo día que cayó la tiranía de Batista. Sus más connotados asesinos, torturadores y malversadores encontraron refugio seguro en el territorio de Estados Unidos y el apoyo de su gobierno.

Al mismo tiempo tergiversaron calumniosamente los juicios ante los tribunales cubanos de los esbirros de Batista que no pudieron escapar, culpables de las más brutales violaciones de los derechos humanos. Continuaba así el apoyo de la Casa Blanca a la dictadura batistiana.

Desde entonces comenzaron sus campañas de calumnias encaminadas a crear una imagen falsa de nuestra realidad. No han dejado de realizarlas y multiplicarlas, como demuestra la guerra radial expresada en unas 1 500 horas de transmisión que como promedio emiten semanalmente contra nuestro país.

La política invariable de Washington ha sido reconquistar a Cuba con el empleo de cualquier vía o método, sin observar principio ético alguno, con absoluto desprecio a nuestra soberanía nacional.

Las más altas instancias del gobierno norteamericano promovieron la guerra sucia contra nuestro país a poco de alcanzada la libertad definitiva. El propio Presidente de Estados Unidos tuvo que admitir, públicamente, su responsabilidad por la agresión de Girón. La CIA ha estado involucrada en la preparación de numerosos atentados contra los dirigentes de la Revolución, incursiones aéreas y navales piratas, fechorías de bandas y grupos terroristas. Se ha empleado además contra Cuba la agresión biológica, cuyo ejemplo más reciente es la aparición de una nueva plaga que daña gravemente numerosos cultivos.

En mayo de 1959, la Reforma Agraria desató la furia imperialista contra Cuba. Al año siguiente, los elementos esenciales de la política norteamericana de bloqueo ya habían sido desplegados con toda claridad, mientras estaban en marcha los preparativos de agresión militar. En febrero de 1962, la Casa Blanca suspendió totalmente el comercio y presionó a otros países para que la secundaran, e intensificó su campaña de aislamiento diplomático de Cuba en el hemisferio occidental.

La Revolución, lejos de retroceder ante la escalada yanqui prosiguió las transformaciones dirigidas a rescatar la riqueza nacional y avanzar hacia una mayor justicia social. Fueron dictadas las leyes de nacionalización en ejercicio de nuestra soberanía, de acuerdo con el derecho internacional y con el apoyo unánime de nuestro pueblo.

La firmeza y la unidad del pueblo sobresalieron durante la Crisis de Octubre, bajo la amenaza nuclear de Estados Unidos.

Gracias al intercambio económico justo con la Unión Soviética y otros países socialistas, y a su solidaridad, logramos disminuir de manera considerable los crecientes efectos del bloqueo, y evitar que se concretara el plan estadounidense de paralizar la economía nacional y sumir en el hambre a nuestro pueblo.

A partir del año 1989, se iniciaron los acontecimientos que finalizarían con el derrumbe del socialismo en Europa y la disolución de la Unión Soviética. Cuba perdió de golpe el 85 por ciento de su capacidad de compra y su Producto Interno Bruto se redujo drásticamente. En Washington creyeron llegado el momento de reforzar el bloqueo para poner fin a la Revolución Cubana, lo que empezaron a vaticinar como inminente.

En octubre de 1992 fue promulgada la ley Torricelli, caracterizada por el uso de dos carriles.

Por una parte, prohíbe nuestras transacciones con filiales de empresas norteamericanas en terceros países, e impide que barcos que arriben a Cuba lo hagan por seis meses a puertos de Estados Unidos y, por otra, utiliza modalidades más sutiles, principalmente en esferas relacionadas con la ideología, con la intención de corroernos por dentro y atraer a elementos que ellos clasifican como más vulnerables, ingenuos o poco alerta.

En dos palabras, al recrudecimiento del bloqueo suman una clara intención subversiva interna que, juntas, pretenden el invariable objetivo estratégico de destruir la Revolución.

El bloqueo es también expresión de un hegemonismo que el mundo rechaza. Cada año, con votación siempre creciente, la Asamblea General de la ONU demanda que se le ponga fin.

Hay que tener presente que el peligro de una agresión militar no ha desaparecido, aunque parece que esta variante ha cedido por ahora su espacio a otras. Estados Unidos conoce muy bien que una invasión a Cuba significaría para ellos un alto costo en vidas humanas. La experiencia histórica indica que ante la forma solapada en que actúa nuestro enemigo, no debemos descuidarnos ni un instante y mantener sólida nuestra defensa. Lo inaceptable para ellos es la existencia misma de la Revolución Cubana.

En medio de incontables dificultades, el país ha logrado en estos últimos años detener la caída de su economía y adoptó las medidas necesarias para iniciar su recuperación y encontrar nuevos mercados y socios económicos y comerciales.

Ante el evidente fracaso de su política, Estados Unidos promulgó la llamada ley Helms-Burton que refuerza aún más el bloqueo, establece nuevos castigos a los que inviertan en Cuba o comercien con ella y establece sin el menor pudor los pasos a dar para transformarla en una colonia de Washington, incluidos sus planes subversivos internos y que comprenden el financiamiento y apoyo material a los grupúsculos contrarrevolucionarios.

Con esa ley quedan claramente desenmascarados los verdaderos propósitos del imperialismo al pretender dictar cómo tendría que ser el futuro de Cuba, incluso después que hubiese alcanzado lo que jamás lograrán: la derrota de la Revolución.

Es así como establece que el feroz bloqueo económico, comercial y financiero seguiría en vigor hasta que se completase la devolución a los batistianos, explotadores, ladrones, antiguos dueños yanquis y a sus herederos, de las propiedades que hoy son del pueblo, incluidas las tierras, viviendas, hospitales, centros de trabajo y de estudio.

El documento emitido el pasado enero por el presidente norteamericano William Clinton, en cumplimiento de dicha ley, confirma desvergonzadamente esas intenciones y las describe en detalle.

Cuba enfrenta hoy el mayor desafío de su historia: el país más poderoso del mundo, su enemigo secular, ha convertido en política oficial, y la expone abiertamente, su intención de liquidar a la nación cubana y esclavizar a su pueblo.

Se trata no solo de un enorme reto para los cubanos de hoy. Es sobre todo una terrible amenaza para las generaciones futuras. Frente a él tenemos la obligación insoslayable de fortalecer nuestra unión y la voluntad de resistir y multiplicar nuestros esfuerzos en todos los terrenos.

Hoy está más claro que nunca, que Revolución, Patria y Socialismo son una y la misma cosa.

En Cuba no habrá restauración del capitalismo porque la Revolución no será derrotada jamás. La Patria seguirá viviendo y seguirá siendo socialista.

La obra creadora de la Revolución

El primero de enero puso fin a las violaciones flagrantes, masivas y sistemáticas de los derechos humanos que caracterizaron al régimen proyanqui de Batista y que tan frecuentes han sido bajo los gobiernos satélites de Estados Unidos en América Latina.

Después del triunfo de la insurrección, no ha habido entre nosotros un solo crimen político, un torturado, un desaparecido. No hubo más obreros y estudiantes reprimidos, ni campesinos extorsionados o desalojados.

La Revolución se siente orgullosa del historial que puede mostrar en el terreno de los derechos humanos. Le dio al cubano una patria libre, independiente y democrática, donde impera la dignidad plena del hombre.

Conquistamos el derecho a la vida. La mortalidad infantil pasó de más del 60 por mil nacidos vivos a menos de 8 en el presente, y la esperanza de vida aumentó en unos veinte años al llegar a más de 75, cifras que nos sitúa en el primer lugar del Tercer Mundo y que son comparables a las existentes en países altamente industrializados.

Conquistamos el derecho a la educación: de un país con más del 40 por ciento de analfabetos pasamos a un nivel de noveno grado de escolaridad como promedio y a tener la más alta proporción de maestros por habitantes, lo que también ocurre con los médicos.

Son estremecedores los datos sobre los niños que en el mundo no tienen hogar, escuela ni asistencia médica; que están sometidos a agotadoras jornadas laborales, e incluso a formas de esclavitud, vendidos, utilizados en el negocio de la prostitución y la pornografía, víctimas del contrabando de órganos humanos. Ninguno de esos niños es cubano.

Cuba ha hecho el máximo en defensa del empleo y la seguridad social para los trabajadores. Ni un solo cubano ha sufrido desamparo en los últimos 38 años.

La Revolución destruyó las bases institucionales del racismo y de toda discriminación, y trabaja sin descanso por la incorporación activa y plena de los cubanos a la vida del país independientemente del color de la piel, del sexo, de las creencias religiosas.

La Revolución abrió las puertas de la igualdad, el trabajo y el estudio para las mujeres. Antes de 1959 apenas llegaban al 12 por ciento de la fuerza laboral, y muchas de ellas en el servicio doméstico. Hoy, un 42 por ciento de la fuerza laboral del país es femenina, y constituye el 60 por ciento del total de los técnicos de nivel medio y universitario.

En nuestro país, como establece la Constitución socialista, existe libertad para todas las religiones. El IV Congreso aprobó el ingreso al Partido de revolucionarios con creencias religiosas.

La Revolución ha defendido particularmente los derechos de ancianos y minusválidos.

Nuestros logros en salud, educación, nuestras hazañas deportivas, el avance alcanzado en el terreno del arte y la cultura en general, el desarrollo en el campo de las ciencias, son reconocidos internacionalmente. Sin embargo, lo conquistado va más allá.

La Revolución humanizó el trabajo en los puertos y en los almacenes de azúcar, en la construcción y otros sectores. Creó la Marina Mercante y una flota pesquera, y desarrolló la aviación civil.

Como propiedad de la nación, se construyeron numerosas industrias en muy diversas ramas de la economía.

En cuanto a la vivienda, una de las primeras medidas de la Revolución fue la ley que redujo los alquileres a la mitad. Con la Ley de Reforma Urbana, el pago del alquiler se convirtió en amortización de la adquisición del inmueble, por lo que la inmensa mayoría de la población es propietaria de su vivienda o está en camino de serlo. Ya un 85 por ciento la amortizó.

Cambió radicalmente la vida rural. Doscientos cincuenta mil campesinos recibieron el título de propiedad de la tierra que laboran en forma individual o colectiva, según su voluntad.

Los obreros agrícolas obtuvieron trabajo estable y debidamente remunerado en las empresas estatales que se crearon en los grandes latifundios nacionalizados. La escuela, el médico, la luz eléctrica, entre otros beneficios sociales, llegaron a todos los rincones de Cuba. La Revolución mecanizó la mayor parte del corte de caña, la cosecha de arroz, el laboreo de la tierra.

Nuestro país se llenó de carreteras y caminos, así como de obras hidráulicas para uso productivo; se implantaron el ordeño mecánico, la aviación agrícola, técnicas desconocidas en el medio rural. Los bosques fueron protegidos y se ha hecho crecer considerablemente la masa boscosa existente en la etapa prerrevolucionaria. En las montañas surgieron filiales universitarias.

Todos esos logros los alcanzamos sin que cesara un solo minuto la hostilidad norteamericana.

El conjunto de transformaciones y lo alcanzado hasta el Período Especial hubieran permitido desarrollar con éxito el programa alimentario trazado por el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas. Sin negar que padecíamos de ineficiencia, paternalismo y otros males.

Al llegar el Período Especial cambiamos la forma de producir. Se otorgó a los obreros agrícolas la tierra en usufructo para organizar la producción cooperativa y se les traspasaron plantaciones y medios de producción, con facilidades de pago.

Más de tres millones de hectáreas pasaron a las Unidades Básicas de Producción Cooperativa. Predomina en la rama agropecuaria la producción cooperativa campesina y obrera, coexistiendo la empresa estatal, la cooperativa y el agricultor privado.

Después de tres décadas de un nivel de vida que aunque relativamente modesto iba en gradual avance, con indicadores de bienestar, igualdad y orden social sin parangón en el Tercer Mundo, la vida cotidiana del pueblo se tornó de súbito muy diferente. Llegaron los días difíciles actuales en que predominan las carencias materiales, se produce una indeseada diferenciación social y aumentan las ilegalidades, todo lo cual daña nuestros valores.

En su informe al V Pleno del Comité Central el Buró Político vinculó el trabajo político-ideológico con la situación radicalmente nueva del Período Especial.

Tenemos, y tendremos socialismo —dice el informe aprobado por el CC—. Pero el único socialismo en Cuba ahora posible, requiere asimilar de forma creciente factores tan difíciles de conducir como las relaciones monetario-mercantiles e incluso determinados elementos capitalistas...

Sin renunciar a su rumbo socialista, Cuba debe insertarse en la economía mundial, dominada por las transnacionales, caracterizada por el intercambio desigual, y en mercados internacionales inundados de productos donde la competencia es cada vez más difícil.

Los retos que ello plantea para cualquier país del Tercer Mundo, se multiplican en el caso de Cuba, excluida de las instituciones del sistema financiero internacional y sometida a una feroz guerra económica por parte de Estados Unidos. Carecemos de créditos a largo y mediano plazos y debemos pagar elevados intereses por créditos comerciales a corto plazo.

Nuestra apertura económica conlleva la creación de empresas mixtas y otras formas de asociación con el capital extranjero, cuyo fomento Estados Unidos trata de entorpecer. Sin embargo, el esfuerzo principal es nuestro. Tendremos solo aquello que seamos capaces de crear. Si trabajamos mejor cada día avanzaremos más por mucho que se prolongue la hostilidad del imperio.

La lista de los problemas es enorme. Las limitaciones en alimentación, vestido, calzado, medios de higiene y medicamentos; los apagones y la carencia de combustible doméstico; las graves dificultades en transporte, vivienda y servicios comunales, han puesto a prueba la voluntad heroica de nuestro pueblo, que resiste con abnegación y estoicismo esas penurias.

Toda desidia, todo despilfarro, toda actitud burocrática, toda tolerancia con el robo de materias primas y artículos, favorecen el bloqueo enemigo y debemos combatirlos resueltamente.

Objetivos estratégicos permanentes ahora decisivos son: ahorrar en todo, rebajar costos, lograr mayor eficiencia en la producción y los servicios.

Las tareas concretas están claras. Continuar la batalla alimentaria. Alcanzar el mejor resultado posible en cada zafra, y una labor óptima en la siembra y cultivo de la caña. Lograr un salto en la construcción y una mayor explotación de instalaciones turísticas. Obtener la utilización más eficiente de portadores energéticos, sustituir importaciones e incrementar exportaciones. Avanzar en la aplicación de la política tributaria y el saneamiento de las finanzas internas.

Ante nuestra dura realidad solo cabe la conducta patriótica y revolucionaria de trabajar más y mejor.

II. EL PARTIDO DE LA UNIDAD

La primera epopeya por la liberación del yugo colonial, la Guerra de los Diez Años, fracasó fundamentalmente por la falta de unidad de los mambises.

En desunión entre sí andaban la Cámara de Representantes, el Gobierno de la República en Armas y el Ejército Libertador. Tampoco se logró el mando único sobre todos los territorios en campaña.

La división fue la causa principal que condujo al claudicante Pacto del Zanjón, la indigna paz sin independencia ni abolición de la esclavitud. Maceo en la Protesta de Baraguá salvó la honra y dignidad de los cubanos y su gesto fue desde entonces paradigma de intransigencia revolucionaria de la nación.

Igual suerte trágica, también por el divisionismo, en el cual primaron el factor racial y la falta de una preparación adecuada, corrió la Guerra Chiquita que estalló a continuación de la Guerra Grande.

Martí, interpretando la necesidad histórica de unidad, derivada de esas dramáticas experiencias, creó y encabezó el Partido Revolucionario Cubano. Llevó a cabo una obra mo-numental encaminada a cohesionar a los gloriosos veteranos y a los pinos nuevos, y superar las contradicciones de diverso carácter existentes en las filas de los patriotas para reanudar con éxito la guerra necesaria.

Maceo, por su parte, había llegado también a la conclusión de la urgencia de un partido único de la independencia y siempre fue defensor de la unidad.

En carta a Martí de 1888, el Titán de Bronce afirma que la unión de los cubanos ha sido el ideal de mi espíritu y el objetivo de mis esfuerzos (...), sin ella serán estériles todos nuestros sacrificios, y se ahogarán siempre en sangre nuestras más arriesgadas empresas.

Gómez aceptó el ofrecimiento del Partido, que lo nombraba General en Jefe de la guerra en preparación y suscribió con Martí el Manifiesto de Montecristi, programa de la Revolución que había estallado el 24 de febrero de 1895.

La misma actitud resueltamente patriótica asumieron los más prestigiosos jefes militares de las anteriores contiendas.

En el medio proletario de la emigración cubana, en el que Martí forjó las sólidas bases del Partido, se destaca la adhesión del marxista Carlos Baliño, líder de los torcedores de Tampa y Cayo Hueso.

Solo la unidad de los revolucionarios puede conducir a la unidad del pueblo. Ella requiere un solo partido, antes como ahora asentado en los trabajadores.

La división entre los patriotas cubanos facilitó la implantación por los yanquis del modelo neocolonial en Cuba.

La neocolonia se distinguió inicialmente por la mascarada del bipartidismo entre los llamados liberales y conservadores. Con el tiempo proliferaron numerosos partidos políticos con características similares, solo el nombre era diferente.

El pluripartidismo perseguía dividir a los explotados y oprimidos y sembrar la ilusión de que había democracia. También actuaban las inevitables rivalidades de politiqueros envueltos en conflictos por el saqueo del erario público, las que propiciaron una segunda ocupación militar norteamericana en el año 1906.

El síndrome de la Enmienda Platt y la amenaza de la intervención de las tropas del Norte gravitaron negativamente sobre la conciencia patriótica.

Hacia los años 20, estallaron encendidas protestas de estudiantes, intelectuales y trabajadores. Surgieron las primeras organizaciones sindicales nacionales, con figuras como Alfredo López.

En 1925 un grupo de revolucionarios comprendió que la clase obrera debía romper el monopolio político de la oligarquía y crear su propio partido. Baliño y Julio Antonio Mella, el gran líder estudiantil, fueron sus fundadores.

El primer partido marxista-leninista se consagró a divulgar las ideas del socialismo científico, alentar la creación de sindicatos clasistas y dirigirlos en incesante lucha, así como organizar al pueblo en el combate por la liberación nacional y social. En aquella lucha se forjaron líderes incorruptibles como Jesús Menéndez y Lázaro Peña.

Todos los demás partidos de la república neocolonial, incluso los que tuvieron figuras honestas que tenazmente impulsaban proyectos reformistas, para no hablar de los reaccionarios, eran incapaces de representar los intereses de más largo alcance del pueblo trabajador.

Esos intereses exigen la conquista revolucionaria del poder para poner fin a la dependencia de Estados Unidos y a la explotación capitalista y lograr, mediante una nueva conciencia social, la elevación espiritual del hombre a su condición natural de hermano del hombre.

En la memoria del pueblo cubano, el pluripartidismo correctamente se asocia a la politiquería, injusticias, abuso, promesas demagógicas siempre incumplidas, fraude, corrupción, envilecimiento de la política.

Cada cierto tiempo aquella democracia formal y hueca, buena solo para los ricos y sus cómplices, era quebrada por regímenes tiránicos surgidos de las mismas fuerzas que dominaban la vida nacional y así Cuba padeció los más prolongados y sangrientos con Gerardo Machado y Fulgencio Batista.

De nuestra propia experiencia histórica ha brotado, pues, la gran lección: sin la unidad, nada pueden alcanzar en su lucha los revolucionarios y el pueblo.

Durante la república dependiente no fue posible lograr un partido único de los revolucionarios y menos que influyera decisivamente en el conjunto de la nación, dividida por clases sociales antagónicas y niveles muy diferentes de conciencia.

La falta de una vanguardia unida y de unas fuerzas armadas propias del pueblo, frustró los grandes objetivos de la Revolución de 1933 contra Machado.

Por una parte luchaban los comunistas, lidereados por Rubén Martínez Villena, impulsores de la huelga general obrera que condujo al derrocamiento del Asno con Garras. Por la otra, la fuerza representada por Antonio Guiteras, también firmemente antimperialista, de mucha autoridad entre los estudiantes y sectores medios. No lograron unirse y la Revolución pudo ser aplastada por Batista y la embajada norteamericana.

Los sectores populares, en una situación mundial de resistencia a las agresiones fascistas, lograron impulsar ciertas reformas democráticas y la convocatoria de una Asamblea Constituyente.

Sin embargo, los principios progresistas en la Constitución de 1940, como la abolición del latifundio y la discriminación racial, nunca se cumplieron porque faltaron las leyes complementarias al oponerse las clases dominantes. Esto solo era posible a través de una verdadera y profunda revolución social.

El pueblo cubano padeció a lo largo de varias décadas esos fenómenos y acabó asqueándose de tan repugnante politiquería. En ese sentimiento generalizado ganó una enorme audiencia la prédica moralizadora del máximo líder del Partido Ortodoxo, Eduardo Chibás, quien con el sacrificio de su vida reveló la imposibilidad de barrer con la corrupción dentro del régimen social existente, lo que pronto comprendería la vanguardia juvenil de esa organización.

Al evidenciarse en los años 50 la permanente crisis estructural del neocolonialismo en Cuba y temer al movimiento popular en alza, el imperialismo acudió a la solución reaccionaria con la vuelta al mando de su viejo servidor, el general Batista, y puso fin como opción legal al pluripartidismo.

Esto no fue un hecho aislado sino una política de Washington, aplicada cada vez que, por distintas razones, resultó conveniente a sus intereses en América Latina. Para ello ha recurrido a diversos métodos, entre otros el empleo directo de sus fuerzas armadas, como en República Dominicana, en 1965, o a través de la acción de la CIA, como en Guatemala, en 1954, y Chile, en 1973.

En su alocución del 10 de marzo de 1952, Batista, con su habitual cinismo y prepotencia, tras dar el golpe de Estado declaró: ...en Cuba los partidos políticos se habían olvidado de que existían tres partidos, el partido amarillo, el partido azul y el partido blanco... en clara referencia al ejército, la policía y la marina de guerra.

Ninguna agrupación política burguesa se enfrentó consecuentemente al régimen de Batista. La actitud de esas agrupaciones osciló entre el apoyo al régimen, la solicitud de migajas de poder y condenas verbales sin acciones efectivas o el llamado quietismo. Algunas figuras, individualmente, mantuvieron una postura vertical y fueron víctimas de la tiranía.

El Partido Socialista Popular (PSP) condenó el carácter proimperialista del golpe, pero estaba aislado en medio del anticomunismo de la Guerra Fría y la represión de que era víctima. Se enfrentó con decisión al régimen castrense pero no halló la vía que podría conducir a derrocarlo.

El régimen batistiano contó todo el tiempo con el apoyo del gobierno de Estados Unidos.

Cuando parecía que no habría salida a la gravísima situación en Cuba, cuando mayoritariamente el pueblo no creía en nada ni en nadie, todo empezó a cambiar el 26 de Julio de 1953.

El asalto a los cuarteles Moncada, de Santiago de Cuba, y Céspedes, de Bayamo, marcó el surgimiento de cuatro elementos que serían los decisivos para hacer la Revolución. Nuevos dirigentes jóvenes encabezados por Fidel Castro, quien ya poseía conciencia martiana y marxista-leninista; una nueva organización de vanguardia; la táctica de la lucha armada popular, y un programa capaz de unir en la acción a todo el pueblo, presentado ante sus jueces por el Jefe de aquella necesaria carga para matar bribones, para acabar la obra de las revoluciones.

En su alegato, conocido como La historia me absolverá, el Jefe de la Revolución proclamó que el autor intelectual de la heroica acción fue José Martí.

La lucha armada se reinició con la llegada del Granma a las costas de Oriente. Con Fidel y otros supervivientes del Moncada, como Raúl y Almeida, y valiosos nuevos combatientes, como Camilo y el Che, luego de reveses iniciales, y de afrontar obstáculos sobrehumanos, el Ejército Rebelde se reorganizó en la Sierra Maestra.

Mientras, en el llano, crecía la acción clandestina: Frank País es su ejemplo más alto. Por las huellas de Mariana Grajales, las cubanas se entregaron a la lucha. Celia Sánchez simboliza la presencia abnegada de la mujer en la Revolución.

José Antonio Echeverría, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, creó el Directorio Revolucionario, que llevó a cabo en 1957 el audaz asalto al Palacio Presidencial, como hecho sobresaliente de su activa lucha contra la tiranía.

Desde la clandestinidad el PSP, dirigido por Blas Roca, y la Juventud Socialista continuaron denunciando al régimen y promoviendo la unidad.

Las fuerzas revolucionarias se identificaron en la acción para la conquista del poder, al tener principios patrióticos comunes, servir al pueblo, cuyo repudio a la tiranía se expresaba de mil modos, y finalmente coincidir en aceptar el papel decisivo del Ejército Rebelde, nacido de las filas del Movimiento 26 de Julio y forjado en 25 meses de cruenta guerra liberadora.

Luego del triunfo de la insurrección, en medio de la más intensa lucha de clases, pero ahora con el poder en manos del pueblo laborioso y su Ejército Rebelde, los periódicos de la oligarquía se quedaron sin lectores y los partidos burgueses desaparecieron del escenario nacional sin que mediara ley revolucionaria alguna para prohibirlos. Estaban sumidos en el más absoluto desprestigio por su historial corrupto y sus vínculos con el sistema neocolonial.

Los politiqueros marcharon al Norte, donde mantuvieron las gastadas imágenes de sus agrupaciones, con la esperanza de regresar detrás de las bayonetas yanquis. Bien pronto la CIA reclutó a muchos de ellos y los puso al servicio de sus criminales planes, y desde entonces, estos y sus seguidores, sirven a la causa ignominiosa del anexionismo.

Fueron disueltos el Ejército y la Policía antinacionales, y los demás órganos de represión, que durante la existencia de la república neocolonial, robaron, oprimieron, atropellaron y asesinaron al pueblo. Los cuarteles fueron convertidos en escuelas y recuperados cuantiosos bienes malversados. Comenzaba a desmantelarse el podrido aparato estatal burgués.

Los líderes de la Revolución victoriosa comprendieron que estaban por llegar los momentos más complejos y peligrosos, pues inexorablemente deberían hacer frente al enemigo histórico de Cuba y a la contrarrevolución a su servicio.

En aquellas circunstancias cobró fuerza el proceso de unión de los revolucionarios, quienes acordaron avanzar hacia la formación del Partido único, como la vía ideal y más segura de alcanzar la unidad permanente del pueblo.

Surgieron las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) con la fusión del Movimiento 26 de Julio, el Partido Socialista Popular y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo.

Quienes desde estas tres organizaciones habían enfrentado heroicamente al terror de la tiranía y mantenido los principios, constituyeron lógicamente el núcleo medular del nuevo Partido. Ostentan la distinción de Fundadores.

Revolución triunfante desató un movimiento de masas sin precedentes, y fueron expulsados de los sindicatos los dirigentes mujalistas impuestos, instrumentos de la patronal y la tiranía.

Las masas, intoxicadas durante largos años por la propaganda proimperialista, anticomunista y antisoviética, aprendieron rápidamente, por su propia experiencia, el engaño de que habían sido víctimas. Sus enemigos, el gobierno de los Estados Unidos y las clases explotadoras del país, quedaron desenmascarados desde el primer año de Revolución.

En tales peculiares condiciones, la construcción del nuevo Partido unido debía rehuir las concepciones dogmáticas, sin olvidar la necesidad de una vanguardia.

Martí nos dio la clave: En una situación de auge de la conciencia independentista, el clima revolucionario imperante y la inminencia de la guerra necesaria, había que reunir a los revolucionarios, juntos en un plan inexpugnable, para la obra alta y sostenida, juntos, en una organización sencilla y sana.

Con esa enseñanza martiana y la advertencia de Lenin acerca de que el partido del proletariado en el poder se constituye y desarrolla seleccionando a los mejores elementos de la clase, se formó nuestra vanguardia.

Al señalar a principios de la década del 60 los errores del sectarismo cometidos en la formación de las ORI y aplicar creadoramente las ideas de Martí y las de Lenin a las condiciones específicas de Cuba en ese momento, Fidel hizo un aporte extraordinario a la teoría y la práctica de la organización de un Partido revolucionario en el poder, que en esa etapa pasó a llamarse Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS).

El Partido debía integrarse por hombres y mujeres ajenos a cualquier sospecha de connivencia con la tiranía o la patronal, que aceptaran voluntariamente pertenecer a él y suscribieran sus objetivos socialistas. Ejemplares en el cumplimiento de todas las tareas que la Revolución planteaba en el terreno de la defensa, la producción, el activismo social. De probada honestidad e intachables en su conducta cotidiana en el seno del colectivo, la comunidad y en la educación de sus hijos.

Tales cualidades que se requerían para integrar una genuina fuerza de vanguardia, debían ser expuestas por las comisiones organizadoras del Partido a los colectivos de trabajadores y propiciar que ellos señalaran quiénes de sus compañeros poseían tales virtudes, se entablara un amplio debate de opiniones y se decidiera por votación los que reunían los méritos para formar la cantera de obreros ejemplares.

Aun las comisiones analizarían con mayor profundidad e individualmente a cada integrante de esta cantera, para formar las organizaciones partidistas de base.

De esa manera, el núcleo del Partido constituía el espejo de las mejores virtudes del colectivo de los trabajadores, devenía su vanguardia, formada con la opinión de todos, constituía el grupo de dirección revolucionaria del centro de trabajo.

En todos los casos, la opinión de las masas y no las decisiones unipersonales ha sido, y es, la condición determinante para la selección de los militantes.

También se construyeron los núcleos del Partido en el seno de las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior.

Hemos logrado forjar así un Partido de rigurosa selección y al mismo tiempo, con gran autoridad y pleno apoyo de los trabajadores e íntimamente vinculado a las masas. Para sus militantes no debe haber ningún privilegio, solo mayor disciplina, sacrificio, más tareas, responsabilidades, motivados por el amor a la patria y su ilimitada lealtad al pueblo.

El inédito camino elegido necesariamente condujo, en los primeros tiempos, a una organización numéricamente pequeña: 40 mil entre 1962-64, y a mantener un incremento gradual. El crecimiento de sus filas sería un resultado del aumento del número de los trabajadores y de la elevación de su conciencia revolucionaria.

En 1965, el PURS, que con tales métodos de masas había sido capaz de erradicar la estrechez sectaria, tomó el nombre que definía su objetivo final, Partido Comunista de Cuba. Se creó el primer Comité Central y se unió la prensa revolucionaria en los periódicos Granma y Juventud Rebelde.

Actualmente contamos con más de 770 mil miembros que representan dignamente a las masas de trabajadores manuales e intelectuales, civiles y militares, de la ciudad y del campo.

En algo más de tres décadas la militancia del Partido se multiplicó casi 20 veces.

Esa formidable fuerza se suma a los alrededor de 500 mil jóvenes comunistas, quienes también se rigen por principios selectivos de ingreso y marchan unidos a los integrantes de nuestras organizaciones de masas y sociales.

Nuestro Partido puede mostrar un método de selección que se caracteriza por ser tan democrático como riguroso.

La calidad para el ingreso no lo es todo. Los militantes, agrupados en sus organizaciones, tienen que trabajar activamente para aplicar la política del Partido, en su medio laboral y social y ante las más disímiles situaciones.

La vigilancia colectiva de la organización de base y de los organismos de dirección, el permanente análisis crítico y autocrítico en el seno de estos y la evaluación sistemática de los resultados tangibles de cada militante o cuadro, constituyen las bases para corregir las insuficiencias y errores individuales o generales, la separación de las filas de quienes dejan de ser dignos de integrarlas, así como para la promoción, democión y renovación de los cuadros.

En el presente debemos continuar la consolidación de la justa política de promover especialmente como cuadros, sin mecanicismos, a negros y mujeres, de la misma forma que se ha estado haciendo respecto a los jóvenes, lo que afianza la autoridad moral del Partido ante nuestro pueblo. El Partido debe insistir en la aplicación de esa política en todas las esferas de la sociedad.

El fortalecimiento en calidad y cantidad del Partido ha proseguido en los duros años del Período Especial, pese al impacto ideológico negativo del derrumbe del socialismo en la Unión Soviética y en Europa del este y al agravamiento del criminal bloqueo yanqui con sus terribles consecuencias para la situación material de la población.

¡En los últimos cinco años, han ingresado 232 mil trabajadores ejemplares, es decir, el 30 por ciento de la actual militancia!

La experiencia demuestra cómo la acción del Partido ha sido decisiva en la búsqueda de soluciones para enfrentar los efectos de la crisis económica durante los últimos años. El Partido está en condiciones, hoy más que nunca, de perfeccionar su papel como guía de la sociedad cubana.

En el centro de la atención del Partido ha de estar la vida misma del colectivo de trabajo o estudio, de la unidad militar, la comunidad, el territorio. Allí donde la ejemplaridad de todos y cada uno de los militantes se revela cotidianamente, la inercia no tiene cabida y el estado político moral se fortalece.

Este es el Partido de todas las batallas.

El que tiene por ideología las enseñanzas de los geniales maestros de los trabajadores Marx, Engels y Lenin, la doctrina martiana y las ideas creadoras y el ejemplo de Fidel.

El que demanda de cada uno de sus integrantes pensar con su propia cabeza y expresarse libremente en el seno de las organizaciones partidistas y actuar unidos, como uno solo, una vez adoptado un propósito.

El que educa y aprende en su permanente contacto con el pueblo trabajador, pulsando sus opiniones, pulsando sus emociones..., como señalara el Che.

El que tiene como estilo de trabajo conocer en todo momento las dificultades, los criterios y las propuestas de las masas.

El que dirige a la nación cubana en la salvaguarda de la independencia del país.

El que ha impulsado la obra de creación y justicia en este último tercio de siglo.

El que ha educado a varias generaciones de revolucionarios en la fidelidad sin límite a la Patria y en la causa del internacionalismo.

El que ha conducido con firmeza e inteligencia la resistencia del pueblo, héroe colectivo de la epopeya que Cuba escribe en la última década del siglo XX.

El que jamás retrocede ante los peligros y confía plenamente en la victoria final.

El enemigo combate a nuestro Partido, no porque sea el único, sino porque su existencia y labor garantiza la unidad de nuestro pueblo.

El pueblo cubano decidió tener un partido único precisamente para alcanzar la unidad nacional revolucionaria, sin la cual le sería imposible defender su patria libre, democrática, socialista.

Haber creado el Partido de la unidad de los cubanos es uno de los méritos más relevantes de Fidel y la dirección histórica en el terreno de una estrategia de lucha victoriosa contra el enemigo más poderoso y cínico de todos los tiempos.

Respecto al Partido único de los revolucionarios de su época, al defenderlo de las intrigas de los colonialistas españoles, Martí afirmó:

Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano es el pueblo cubano.

Podemos decir, en rechazo a la histeria, las calumnias, las mentiras y los propósitos del enemigo:

El Partido Comunista de Cuba perdura y crece, aun en la adversidad de estos años, porque el pueblo cubano quiere. Es la conciencia vigilante y la columna vertebral de la resistencia de la nación cubana.

III. LA DEMOCRACIA QUE DEFENDEMOS

La Revolución Cubana llevó a cabo una honda y excepcional democratización en todos los órdenes de la vida política, económica y social del país y demostró que es posible hacer efectiva la idea de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Nuestro sistema político, genuinamente democrático, de amplia participación popular, socialista, se fundamenta en la dignidad, la igualdad y el ejercicio real de los derechos humanos. La supervivencia de la Revolución, en estos años tan duros, se explica solo por su profunda base democrática. Una transformación revolucionaria es irreversible cuando el pueblo la protagoniza, la defiende y profundiza en ella cotidianamente.

El sistema cubano no es importado ni ajeno a nuestra historia, sino cosecha consecuente de más de siglo y medio de empeños redentores iniciados por el presbítero Félix Varela, devenidos guerra popular en 1868 y 1895 y culminados el primero de enero de 1959.

Una nación enteramente libre y soberana, basada en la justicia y la solidaridad, es la Patria que tenemos hoy, la que quisieron nuestros próceres y la que sigue combatiendo al imperialismo que intenta destruirla.

Desde el Moncada Fidel ha movilizado e incorporado realmente al pueblo cubano en la lucha por el triunfo de sus aspiraciones históricas y los sueños siempre postergados de fundar la república martiana.

En la Sierra Maestra, en medio de la guerra, se advierte la simiente de lo que la Revolución Cubana, luego de su victoria, significaría en términos democráticos. El pueblo nutrió y sostuvo su propio ejército, y en los territorios liberados se dictaron las primeras leyes agrarias y surgieron los gérmenes de una vida más digna y humana.

En enero de 1959, ante la bancarrota del régimen tiránico, el imperialismo y sus agentes internos no pudieron reacomodar sus fuerzas para conseguir una salida conveniente a sus intereses, porque el pueblo convirtió el clima insurreccional en la unánime huelga general convocada por el Jefe de la Revolución.

Desde ese momento, por primera vez en la historia de la nación, las masas ejercieron de manera efectiva el poder. Comenzó la transformación de la sociedad y la Revolución triunfante estuvo en condiciones de enfrentar los furiosos embates de los enemigos internos y externos.

En las últimas cuatro décadas, la participación popular ha sido decisiva ante todos los desafíos y tareas.

El pueblo se integró a la defensa armada del país y llevó a cabo voluntaria y masivamente heroicas misiones internacionalistas. La concepción de la Guerra de Todo el Pueblo revela la naturaleza democrática de la Revolución y constituye nuestra arma principal frente a las reiteradas amenazas imperiales.

En Cuba se hizo realidad la definición martiana:

¡República es el pueblo que tiene a la derecha la chaveta del trabajador, y a la izquierda el rifle de la libertad!

La histórica victoria de las masas sobre el analfabetismo, los cursos de seguimiento, la educación obrera y campesina y la extensión de la enseñanza universitaria hasta el Foro de Ciencia y Técnica, han sumado los esfuerzos de toda la sociedad para cumplir el postulado de Martí: Ser cultos es el único modo de ser libres.

Los trabajadores asumieron conscientemente su papel en la creación de la riqueza nacional. Las transformaciones económicas contaron con su indiscutible protagonismo. Millones de cubanos, como pidió el Che, se entregaron al trabajo voluntario e hicieron aportes valiosos a la construcción de la nueva sociedad. A partir del proceso de rectificación, el Partido ha convocado a revitalizarlo como elemento forjador de los valores inherentes al hombre nuevo.

La Revolución estimula la creatividad de las masas en todos los campos. Son incontables las soluciones que se han ido aportando a la producción y los servicios. Esto, desde luego, ha sido posible gracias al predominio de la propiedad socialista y a la democratización de la enseñanza, que ofreció oportunidades de instrucción a todo el pueblo y facilitó la superación técnica de los trabajadores. Hemos hecho realidad el principio martiano de vincular el estudio con el trabajo.

Las políticas para el desarrollo de la salud, la educación, la cultura y el deporte, reconocidas universalmente por sus éxitos, también se fundamentan en una vasta proyección social con la permanente acción popular.

La igualdad de oportunidades para todos ha sido, y es, propósito permanente de la Revolución cuya obra está signada por un verdadero y consecuente humanismo, a pesar del daño que los efectos del obstinado bloqueo yanqui causan a esta justa política.

El desempeño de las organizaciones de masas ilustra el carácter de la democracia cubana: la CTC y los sindicatos, la ANAP, los CDR, la FMC, las organizaciones estudiantiles, la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana y otras muchas de índole social, integran un sistema de comunicación, debate y dirección colectiva y han sido un factor movilizativo de primer orden para acometer importantes tareas políticas y sociales.

El socialismo en Cuba es parte orgánica de su proceso histórico. La autenticidad y la originalidad de nuestro sistema político y sus instituciones sobresalen por encima de circunstanciales desaciertos e insuficiencias presentes en toda obra humana. Un rasgo esencial de nuestra democracia consiste en su capacidad para, con la intervención de las masas, rectificar deformaciones, eliminar errores, derribar obstáculos y concebir nuevos caminos.

Pese al acoso tenaz y sistemático del imperialismo, la Revolución, lejos de abroquelarse, generó formas de participación que con el tiempo se han ido perfeccionando y que exigirán siempre una continua renovación. Esa voluntad de resistencia y transformación recorre la trayectoria de la fundación y el desarrollo de las instituciones cubanas.

El crecimiento constante de la conciencia del pueblo, marchó parejo a la elevación de su nivel cultural y educación ciudadana y a su avance social y material, y ello se expresó, a mediados de los años 70, en nuestra Constitución socialista. Fue discutida por todos los cubanos y en comicios donde participó el 98 por ciento de los electores, a partir de los 16 años de edad, el 97,7 por ciento de los votantes lo hizo a favor y en contra solo el uno por ciento. Así surgieron las instituciones representativas estatales de un pueblo que desde el primero de enero de 1959 venía ejerciendo el poder.

Nuestro pueblo decidió ratificar en la Constitución:

El Partido Comunista de Cuba, vanguardia organizada marxista-leninista de la clase obrera, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista.

La base del sistema político cubano es la elección de los delegados de circunscripción. Los candidatos son propuestos y seleccionados en reuniones de vecinos; la votación es libre, secreta, directa y el escrutinio, público; para ser elegidos es necesario alcanzar más del 50 por ciento de los votos. Los delegados, que forman las Asambleas Municipales del Poder Popular, rinden cuenta periódicamente a sus electores y pueden ser revocados por estos en cualquier momento. Los representantes electos a todos los niveles, no reciben remuneración alguna por esa labor. Nuestro sistema electoral es ajeno a la politiquería, el fraude, la compraventa de votos. El Partido no postula, ni elige, ni revoca.

Esta democracia plena, ha sustentado y sustenta nuestro Estado de Derecho. Ni en los más duros momentos, ni en las condiciones críticas de estos años, hemos renunciado al más amplio y decidido ejercicio democrático.

Los lineamientos aprobados por el IV Congreso del Partido, después de un amplísimo proceso de consulta popular, sirvieron de base para modificar aspectos sustanciales de la Constitución de 1976 y la legislación electoral. Se estableció la elección por voto directo y secreto de los diputados a la Asamblea Nacional y los delegados a las Asambleas Provinciales; quedaron mucho mejor definidos los campos de competencia de los órganos del Poder Popular y la administración estatal, y se generalizó la experiencia de los Consejos Populares, piedra angular de la participación de la comunidad en la solución de sus problemas.

La esencia del sistema político cubano pone énfasis en la incorporación auténtica del conjunto de la sociedad a la toma de decisiones. El debate de los asuntos de interés público, desde los de trascendencia nacional hasta los locales, contribuye a la unidad y es un punto de partida para la adopción y la aplicación de medidas prácticas.

Al respecto se multiplican enriquecedoras experiencias tales como la gestión comunitaria de los Consejos Populares; los congresos sindicales, estudiantiles y de otras organizaciones de masas y sociales, cuyos análisis, con la presencia de dirigentes del gobierno, han definido políticas. Se promueve permanentemente la búsqueda colectiva de soluciones, la distribución de responsabilidades, la convocatoria social y el control popular.

Las organizaciones de masas, las agrupaciones sociales y profesionales y otras formas de asociación han dado espacio y cauce a los intereses y las preocupaciones de todos los sectores de nuestra sociedad civil socialista.

Las medidas adoptadas en 1994 por la Asamblea Nacional del Poder Popular para el saneamiento de las finanzas internas, surgieron de un proceso de amplia discusión popular: los parlamentos obreros en más de 80 mil centros de trabajo y estudio.

Las asambleas por la eficiencia que se celebran al menos dos veces al año, hacen posible la participación efectiva de los trabajadores en la discusión de los problemas y planes de la economía; son vías para el ejercicio de su papel como dueños colectivos de los medios de producción.

Las audiencias públicas convocadas por las comisiones de la Asamblea Nacional y el proceso masivo de difusión y análisis de la Ley de Reafirmación de la Dignidad y la Soberanía Cubanas y la Declaración de los Mambises del Siglo XX, son nuevas expresiones del hondo patriotismo de nuestro pueblo.

La democracia socialista se autoperfecciona constantemente para fortalecer espiritualmente al hombre, contribuye a darle un mayor sentido creador a su existencia y a su trabajo y una calidad superior a su vida.

Hemos trabajado contra el apoliticismo sin formar fanáticos. La Revolución necesita ciudadanos que ejerzan libre y conscientemente sus responsabilidades y sean capaces de practicar cabalmente sus deberes y derechos.

No hay brecha posible entre nuestros dirigentes y el pueblo. En la sistemática comunicación e identificación con las masas radica uno de los factores que garantizan la unidad de acción y la fortaleza del poder revolucionario. La democracia socialista exige de los cuadros austeridad, modestia, vocación de entrega en el servicio al pueblo, transparencia en el ejercicio de la función pública y una ejemplar vida ciudadana.

Nuestros dirigentes surgen del pueblo y responden ante él de sus actos. Entre nosotros no pueden ocupar un puesto en la vanguardia quienes no estén a la altura de sus responsabilidades. No hubo ni habrá impunidad para los que violen la legalidad y perviertan la función pública. La adopción en 1996 del Código de ética de los Cuadros del Estado Cubano refrendó las bases del compromiso político y moral que adquieren ante la sociedad.

Esos principios contrastan con la demagogia, el mercantilismo, los incesantes escándalos financieros, la corrupción generalizada, características de la política en Estados Unidos, el país que pretende erigirse en modelo para el mundo.

En realidad el sistema estadounidense carece de credibilidad ante su propio pueblo. No pueden representarlo maquinarias controladas por los mismos monopolios que destinan miles de millones a farsas electorales, cada vez más costosas y donde la mayoría del electorado no vota.

El imperialismo procura erosionar los fundamentos éticos de la Revolución para minarla por dentro y socavar nuestra soberanía. Pretende por todos los medios estimular entre nosotros el egoísmo, la anarquía y el consumismo, y trata de promover la subversión del orden, la fractura de la unidad, facilitar la acción de zapa de los grupúsculos anexionistas que aspiran, financiados desde el extranjero, al regreso del yugo norteamericano y a la restauración capitalista.

Enfrentamos nuevas formas de lucha ideológica, cada vez más sutiles y complejas, que entrañan un reto cotidiano para la capacidad de convocatoria de nuestras instituciones. Quieren dañar la autoridad, la influencia y la legitimidad del sistema institucional revolucionario. La respuesta debe ser coherente y firme, y apelar al poderoso caudal de argumentos de la Revolución, a la unidad, a nuestras reservas morales, a las fibras patrióticas de cada cubano.

El lumpen, la delincuencia y cuantos alientan la violación de las leyes y la transgresión del orden, sirven objetivamente a nuestros enemigos. Cada fenómeno de corrupción que no extirpemos a tiempo, socava la imagen de nuestra democracia en beneficio de los que quieren eliminarla. Hoy son inadmisibles la indiferencia y la inacción de los revolucionarios.

También atentan contra nuestros valores patrióticos y socialistas, el abandono de principios y normas morales, la falta de solidaridad, la insensibilidad, la fascinación y el culto frívolo por modelos y símbolos yanquis.

La Revolución debe continuar alerta y movilizar cada vez más a nuestro pueblo en la lucha por la legalidad y la ética del socialismo.

Las organizaciones políticas y de masas deben debatir estos problemas, crear conciencia acerca de la necesidad de situarlos entre las tareas ideológicas del presente, y emprender acciones efectivas que fortalezcan el poder revolucionario.

A la prensa, que con la Revolución pasó de manos de la oligarquía a las del pueblo para hacerse realmente libre, le corresponde un papel vital en la lucha ideológica. Los medios de difusión masiva, así como las instituciones educativas y culturales, tienen ante sí el mayor reto: garantizar la continuidad de las ideas y valores socialistas, patrióticos, antimperialistas, de la Revolución misma, en las futuras generaciones de cubanos.

Defendemos nuestra identidad nacional frente a toda forma de corrosión y promovemos el ideal de la gran patria latinoamericana y la universalidad descolonizada de Martí.

Es importante salvaguardar nuestros paradigmas y la tradición patriótica cubana como fundamento esencial de la práctica política. En el pueblo existen enormes reservas morales y la mayor evidencia está en la resistencia desplegada frente a sus enemigos y el avance de un proceso revolucionario que muchos fuera de Cuba pensaron fracasado o irrealizable a partir de los cambios que experimentó el mundo a inicios de los años 90.

Cuba reafirma su decisión de resistir y continuar por su propio camino, fruto de su proceso histórico. Respeta el derecho de cada país a decidir sobre su sistema político, económico y social, y reclama ese mismo respeto para sí.

Los cubanos somos leales al Maestro, quien indicó: El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país.

La idea de una sociedad democrática, donde el pueblo ejerza la autoridad y se gobierne a sí mismo, ha acompañado a la humanidad a lo largo de la historia como un ideal y elevado anhelo que siempre los poderosos han tratado de limitar mientras otros la han considerado una quimera inalcanzable.

Su presencia permanente durante tantos siglos, antecediendo a nuestra era, precediendo incluso a muchas religiones, le ha dado a esa aspiración un valor universal colocada en el centro de las reflexiones más nobles y las luchas más heroicas del hombre.

La esencia de esas luchas ha sido siempre la emancipación humana, sin la cual se hace imposible la realización del ideal democrático.

Aunque los imperialistas pretenden adueñarse del concepto de democracia, su sistema, en esencia antidemocrático, explota, oprime y excluye a las grandes mayorías. Para engañarlas hablan de la democracia representativa, pero ella expresa solo los intereses de las oligarquías.

La gran prensa, las agencias de noticias, la radio, el cine y especialmente la televisión y otros medios cada vez más sofisticados de comunicación, forman gigantescos sistemas monopólicos con los cuales manipulan la mente del hombre y fabrican la opinión pública.

La democratización continúa siendo una meta consustancial a la lucha de los trabajadores, los humildes, los oprimidos del mundo. Ella adquiere una importancia aún mayor en la actualidad cuando la globalización neoliberal pretende imponer un capitalismo totalitario: en él solo existe el mercado y el pueblo no cuenta para nada.

Con el modelo neoliberal, aumenta la polarización social hasta extremos intolerables: crecen el desempleo, el hambre, la miseria; las funciones del Estado se reducen a la aplicación de las terapias de choque, a ser guardián de la ley y el orden del gran capital mediante la represión antipopular. Se exacerban al propio tiempo la xenofobia y el racismo, expresiones de tendencias fascistas.

En ese modelo no hay espacio, en consecuencia, para los desposeídos que en número siempre creciente quedan condenados a la marginalidad, a la exclusión. En América Latina, el abismo entre las minorías privilegiadas y los desposeídos es mayor que en el resto de las regiones: la mitad de la población vive por debajo de los límites de la pobreza y más de cien millones de seres humanos, en la pobreza extrema.

La desigualdad social crece al influjo de la extensión del neoliberalismo, no solo en el Tercer Mundo sino también en el Primer Mundo industrializado.

Estados Unidos es el país donde la diferenciación social es más acentuada. Entre los desheredados de esa sociedad opulenta están millones de nuestros hermanos latinoamericanos, empujados a emigrar por la miseria, los negros y otros muchos sumidos en la pobreza.

El imperialismo norteamericano no le perdona a Cuba que en las circunstancias más adversas sostenga y desarrolle una sociedad que cree en el hombre y en la solidaridad humana, y no abandone el ideal democrático que durante milenios ha sido el irrenunciable sueño de la Humanidad.

El régimen que el gobierno de Estados Unidos pretende imponernos, es radicalmente incompatible con todos los logros sociales conquistados desde 1959. Nuestra obra sería totalmente destruida. Sería liquidada del modo más violento porque en el mundo predomina hoy un capitalismo que algunos de sus defensores no han vacilado en calificar de salvaje.

En el caso de Cuba, además, su imposición sería el triunfo del sector más agresivo y cavernícola de un imperialismo que nos odia visceralmente y que tiene como instrumento a la mafia de anexionistas y batistianos que reclaman en lenguaje hitleriano, a la caída de la Revolución, tres días de licencia para matar.

Estados Unidos pretende reimponer en Cuba el gobierno del imperio, por el imperio y para el imperio.

Ante este propósito demencial hacemos nuestro el mandato del Titán:

Quien intente apropiarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre si no perece en la lucha.

Si la Revolución ha sido una sola desde 1868 y desde Martí uno solo el Partido de la unidad, también es uno solo el brazo armado de la Patria: Ejército Mambí, Ejército Rebelde, Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Compatriotas:
Nuestra democracia socialista, esencia y fruto de una Revolución, puso fin a la explotación y la discriminación; eliminó el analfabetismo y elevó los niveles de educación y cultura; entregó a los obreros, campesinos, estudiantes, a todo el pueblo, la capacidad de organizarse, prepararse y armarse para defender y ejercer sus derechos; brindó a los científicos, escritores, artistas e intelectuales en general, la libertad real de creación e investigación y los medios para realizar su labor, y darles la mayor significación social.

Hemos alcanzado el pluralismo creador de un pueblo emancipado.

Nuestro sistema político, que consagra el poder del pueblo, es la principal conquista que debemos salvar, porque de él dependen todas las demás. La historia ha demostrado dramáticamente que cuando el pueblo pierde el poder político, lo pierde todo.

Nuestra democracia socialista es esencial en la continuidad de la obra que iniciamos en 1959, en favor de las más humanas relaciones sociales. Ella abre la posibilidad de proseguir la marcha de la Revolución hacia adelante, para entregar a los cubanos del siglo XXI un país, como quería Martí, con toda la justicia conquistada.

© GRANMA INTERNACIONAL 1997. EDICION DIGITAL La Habana. Cuba


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